Los trabajadores procedentes del campo se han convertido en masas invisibles que viven en condiciones míseras en los sótanos de grandes ciudades chinas como Pekín, donde el precio de un piso es prohibitivo.

Para ellos, el milagro económico es un espejismo.

Ye Yiwen, su marido y sus dos hijos viven hacinados en una habitación de 10 m2 en un sótano cerca del Estadio Nacional de Pekín, conocido como el ‘Nido de pájaro’.

La familia dejó una casa de 200 m2 en un pueblo situado a 1.000 kilómetros de la capital por este cuchitril sombrío en el que sólo caben dos camas y una mesa pequeña.

‘Está claro que la casa de nuestro pueblo era más cómoda, pero el trabajo está aquí’, explica la mujer, que se hace llamar por su seudónimo: ‘Ye’. ‘Echo de menos las flores’, dice.

El éxodo de cientos de millones de personas del campo a las ciudades de China desde el inicio de las reformas económicas, hace poco más de tres décadas, constituye la mayor migración humana de la historia. Pero la vida que les espera al final del camino suele ser muy diferente de la que se habían imaginado.

Pekín tiene más de 20 millones de habitantes, de los cuales seis o siete millones son explotados y considerados ciudadanos de segunda clase.

Como carecen de permiso de residencia oficial, no reciben subsidios sociales ni tienen derecho a la escolarización gratuita para sus hijos.

Al menos 281.000 personas viven en sótanos, según las autoridades municipales. En argot se les conoce como los ‘ratones’. La prensa oficial estima que podría haber un millón viviendo en lugares rudimentarios, subterráneos sórdidos o antiguos refugios de la defensa civil. Tras llegar al poder en 1949, las autoridades comunistas de China ordenaron la construcción de una red de refugios subterráneos en Pekín.

Ye dejó su provincia de Anhui (este) hace 15 años. Trabaja como empleada doméstica para una familia del barrio acomodado de Guanjuncheng. Y se las arregló para que sus hijos, que tienen 20 y 21 años, la siguieran en cuanto terminaron la enseñanza secundaria.

‘Sabemos que no es una vivienda ideal, pero no estamos los unos sobre los otros’, dice, como para consolarse.

Terminan en las alcantarillas

El Partido Comunista Chino (PCC) anunció en noviembre medidas para permitir que cada vez más trabajadores puedan instalarse legalmente en las ciudades.

Pero la subida del precio de los alquileres hace imposible que los trabajadores pobres puedan comprarse una vivienda y menos en Pekín, la ciudad más cara de China continental.

Ye y su familia lo saben: entre todos, ganan unos 9.000 yuanes al mes (1.100 euros), pero el precio medio del metro cuadrado en la capital se elevaba en diciembre a 31.465 yuanes (3.820 euros), con una subida del 28,3% anual, según un estudio del instituto independiente China Index Academy.

El precio medio de una vivienda en la capital corresponde a 13,3 veces los ingresos anuales medios oficiales. El Banco Mundial (BM) considera que la diferencia no debería superar un ratio de 1 a 5.

La fiebre inmobiliaria es fuente de descontento popular y no sólo entre los más pobres.

Guan Sheng, de 25 años, creció en Pekín. Actualmente vive en 4 m2 en un sótano, soportando el hedor de los baños públicos. Desde aquí busca trabajo por ordenador. De un tubo oxidado del techo ha colgado la ropa lavada y los muros están desconchados por la humedad procedente de las plantas de arriba.

Guan, que también da un seudónimo para conservar el anonimato, paga un alquiler mensual de 600 yuanes (73 euros), a lo que hay que añadir 30 yuanes de electricidad y 15 de agua.

‘Lo más importante para mí es ahorrar para la vivienda’, dice. ‘No me imagino un día siendo propietario’.

Pero las condiciones de vida en Pekín todavía pueden ser peores, por difícil que parezca.

La prensa local reveló el mes pasado que algunos inmigrantes viven en las alcantarillas. Tras la publicación del informe, las autoridades ordenaron que fueran enviados de vuelta a sus regiones de origen para evitar empañar la imagen de Pekín como ciudad moderna y próspera.