Los entendidos de la política siempre insisten que la agenda de una campaña electoral define a quienes tienen capacidades de ganar o no. Es decir, aquellos candidatos que están “en sintonía” con lo que los electores conversan a diario, en el bus, en el trabajo o en la mesa del comedor familiar, tienen mejores posibilidades de hacer que éstos les escuchen y finalmente les terminen votando.

Pero este argumento debe ser cuidadosamente manejado. Igual que el caso de aquellos desacreditados medios de comunicación, que pretextando responder a las necesidades y gustos de su audiencia para justificar el suministro de basura informativa o contenidos morbosos, también puede pasar que en la política, alguien quiera “predefinir” ese ambiente de discusión, queriendo arrimar el debate electoral a donde mejor le conviene o lo hace sentir más cómodo. Se convierte en una especie de argumento circular: como quiero presentar este producto, empiezo a crear la condición para que se le demande, y como se empieza a demandar, tengo cómo suplir la necesidad. Por esa ruta, rápido se dejan de lado los temas que más importan, para sustituirlos por aquellos que al analista de turno más le convienen.

¿Cuáles son algunos de los temas que están subyacentes, que son verdaderamente importantes pero que no tienen mucha cabida en los análisis usuales? Yo propongo dos. El primero tiene mucha prensa, pero en mi opinión está desenfocado. Me refiero a lo que en el lenguaje político se conoce como “transparencia”. Me parece que el concepto no nos dice nada. Ser transparente no significa ser probo u honrado. De hecho, como sucede muy a menudo en nuestro país, se puede ser “transparentemente sinvergüenza”.  No sirve de nada a nuestra sociedad si simplemente creamos mecanismos a través de los cuales nos enteramos que lo que podía comprarse a diez, se compró a cincuenta. Al final, la preocupación real es retomar el concepto mucho menos adornado, pero más profundo de la “decencia administrativa”, concepto que conlleva bastante más que la ostentación por medio de la transparencia, a la que ya nos venimos acostumbrando. La decencia administrativa tiene que ver con  la pulcritud en el manejo de lo ajeno, en el recato de las costumbres del funcionario, en la constante vigilancia de las formas y en un sentido práctico del ahorro. Todas estas cualidades se echan de notar en una persona en su ámbito privado. Por ello no nos dejemos llevar por la promesa vacía de transparencia. Veamos el récord personal y la actitud de vida de quien lo propone, para ver si realmente es capaz de traducir ese discurso en una actitud real de “decencia administrativa”.

El otro tema tiene que ver con una agenda integral de protección y apoyo a la familia. Nuestra Constitución es muy clara en señalar que la familia es la base de la sociedad, pero por ella casi no aboga nadie. Al menos en el ámbito político. Las necesidades concretas de las familias pero en particular de los matrimonios que inician el camino de formar una familia debería ser prioridad número uno. Por ejemplo, los temas relacionados con el acceso a la vivienda, las condiciones de facilitación para primer empleo, la protección para la maternidad y una educación orientada a formar valores en familia son parte de una agenda de largo plazo, que muchas veces se trabaja a cuenta gotas. El tema de la familia es pues un asunto que nunca llega a la programación macroeconómica de nuestros tomadores de decisiones, pero que son su fundamento y objetivo más importante.

La campaña empezará pronto, si  no es que ya lo ha hecho. Sería interesante que en vez de esperar por las usuales respuestas que los políticos nos ofrecen, empecemos los ciudadanos por formular las verdaderas preguntas. Se nos hará así más fácil medir a los políticos y a sus proyectos, si comenzamos por evaluarles en dos temas tan torales como son la decencia y la familia. Porque dicen que nadie es capaz de ofrecer lo que no tiene.