Celebrada el pasado 9 de noviembre la consulta alternativa sobre la posible secesión de Cataluña respecto a España, ha llegado el momento, para columnistas, politólogos y opinadores en general (y me incluyo) de hacer balance.

Durante meses, hemos asistido a un agitado debate sobre lo que había que hacer. Había posturas realmente opuestas: desde los que llamaban a negociar todo a los que tomaban una posición guerracivilista preocupante.

Por el camino, el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, pareció optar por el silencio, por no hacer nada. Aún ahora, esa postura sigue siendo muy criticada. Y, sin embargo, ha sido la más razonable.

Considero que la forma de actuar de Rajoy, en general, en su gobierno, no ha sido positiva. Destacaría, entre los errores más graves, su incapacidad para luchar eficazmente contra la corrupción (o demostrar que lo intentaba).

Pero en el caso secesionista, eligió el camino más razonable. No hizo promesas, no se comprometió a nada, ni estableció acuerdos. Nadie podrá decir que faltó a su palabra, que cedió soberanía, que se humilló ni ante el berrinche del nacionalismo catalán, ni ante los gritos destemplados de los nacionalistas españoles.

Más aún, si observamos como el inevitable desenlace rupturista terminó como el parto de los montes. Sólo un tercio del electorado pareció proclive a la secesión. O lo que es lo mismo, dos tercios eran contrarios, indiferentes o no se creyeron lo del pseudoreferendum. Es decir, más ruido (mucho, incansable, soporífero, anacrónico) que nueces.

¿Por qué seguir criticando a Rajoy ahora? En esencia, porque lo que la mayoría de los ciudadanos espera de un gobernante es que actúe. Da igual que sobredimensione su quehacer, que se enfangue en problemas que no son suyos, que se oponga a lo que la mayoría de la sociedad reclama. La autoridad ha de ejercerse y punto.

El caso catalán, sin embargo, nos recuerda que ese empeño porque los gobernantes hagan algo suele ser erróneo. La sociedad se dota de gobiernos para resolver algunos problemas. Pero, la mayor parte del tiempo, una sociedad responsable no necesita de ningún tutor (papá Estado) que le saque las castañas del fuego. Si pensamos en el caso catalán, una parte de la sociedad de Cataluña se movilizó en pro de la independencia. Otra parte, mayoritaria, no decía ni fu, ni fa. Entonces entró a jugar el gobierno catalán y lo que era un debate entre pasional y amistoso pareció convertirse en un casus belli. Afortunadamente, hubo otro gobierno que optó por la alternativa más razonable. Dejar que la sociedad haga. Mientras no se cometa un delito que atente contra las personas o sus propiedades. Mientras todo el problema sea alguna falta legal que sólo el abogado de turno sea capaz de reconocer, dejemos que la sociedad haga.

Insisto, unos ciudadanos responsables no necesitan ser guiados constantemente por el gobierno del momento, y los que reclaman la permanente intervención de ese gobierno, tan sólo demuestran ser grandes irresponsables.