El 9 de noviembre pasado el mundo celebró el 25 aniversario del derribo del Muro de Berlín, conocido en Occidente como el Muro de la Vergüenza. Este engendro totalitario fue erguido por el ejército de la Alemania Oriental (socialista), por orden soviética, en forma de una valla de alambre de púas, a traición, en la madrugada del 13 de agosto de 1961, y se le dio la forma que conocemos, de un complejo de ingeniería, durante los siguientes 10 años.

Es de resaltar que en los regímenes totalitarios las mayores aberraciones de la violación de los derechos individuales suelen hacerse de noche: las detenciones y fusilamientos arbitrarios en las purgas de Stalin en 1936; los allanamientos en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) durante los 75 años de la existencia del socialismo en Rusia, donde continúa esta tradición de la “nocturnidad”; los arrestos de los miembros de la oposición en Cuba; los ataques de los colectivos chavistas; al igual que la mayoría de los actos terroristas perpetrados por los grupos autodenominados guerrilleros a lo largo y ancho de América Latina.

En estos días mucho se ha escrito de cómo era la vida detrás del Muro, de su papel histórico en la caída del socialismo, de las razones de su derrumbe. Sin embargo, es importante recordar la relevancia del suceso para América Latina, plagada de grupos marxoides y de gobiernos populistas.

La Unión Soviética, muerta en 1986 y cuyo cadáver putrefacto por fin fue enterrado en 1991, era una fuente económica casi inagotable para muchos parásitos en el mundo. Su política exterior la llevó a ser el mayor Estado imperialista de la historia de la humanidad. El éxito de la exportación –imposición– del socialismo a Cuba en 1961, como parte del plan de expansión llamado “yihad contra el capitalismo”, y la impresionante campaña mediática mundial que logró manipular a millones de personas, sobre todo en la América Latina achacada por la pobreza, todo ello permitió que la URSS continuara avanzando en el hemisferio occidental.

Los casos de Salvador Allende en Chile, apoyado ideológica y económicamente por el Comité de Seguridad Estatal soviético (KGB, por sus siglas en ruso), Maurice Bishop en Granada, a Daniel Ortega en Nicaragua; las guerrillas en Centroamérica, Colombia, Perú, Ecuador —estas aberraciones histórico-sociales no hubieran sido posibles sin el financiamiento soviético a través de Cuba y la expansión en América del entrenamiento ideológico por el castrismo— apéndice de la URSS en América.

No obstante, al derrumbarse el Muro de Berlín, los propios soviéticos entienden que habían sido embaucados por la Revolución de 1917 y que el mundo no era así como lo pintaba la agresiva propaganda. Desde 1986, la URSS, sumida en una crisis de la que le era imposible salir, reduce drásticamente la ayuda a los países del “tercer mundo”. El presidente demócrata y anticomunista ruso Boris Yeltsin a partir de 1991 cierra todo el financiamiento a los regímenes totalitarios y a las guerrillas.

Es allí cuando comienzan a derrumbarse los sistemas populistas construidos en América: Ortega pierde el financiamiento y pierde las elecciones; en Centroamérica las guerrillas, vencidas militarmente, dejan de existir pero se infiltran en todas las esferas de la política; en Colombia las FARC recaen y buscan otras fuentes de ingresos (narcotráfico, secuestros, asaltos). El caso dramático de Cuba, cuyo PIB entre 1991 y 1993 cae más del 11% y provoca una crisis de su burlesca economía, muestra la imprudencia de ser una economía vividora de los demás, incapaz de generar los bienes por sus propios medios.

Parecía que el socialismo y todos sus derivados desaparecían paulatinamente, que la historia había probado lo monstruoso del totalitarismo, la planificación económica y del pan y circo. Es decir, de todo lo que no es capaz de respetar los derechos ajenos, del control total de las vidas de la gente y de sus destinos y, por consiguiente, de todo lo que no permite al ser humano progresar. Todo apuntaba a que el socialismo con todas sus vertientes debía ser borrado del mapa político del continente.

Pero la naturaleza humana suele ser contraria al sentido común. A finales de la década de los 90 resurgen los politiqueros con los lemas populistas y consignas del “socialismo del siglo XXI”. La masa, ansiosa de oír que “si a alguien le falta es porque a otro le sobra” y receptiva a promesas de distribución de la riqueza —no generada por la producción industrial, base del socialismo según Marx, sino por la materia prima del continente—, permite el resurgimiento de la barbaridad socialista.

Es evidente el interés de los Castro en mantener el carácter parasitario de la economía cubana a costa del petróleo ajeno. Y es evidente que este interés llevó a los Castro a crear el chavismo en una Venezuela rica en materia prima y en los recursos naturales. Asimismo, es innegable que el negocio particular de los Castro, el Petrocaribe, se ideó como una fuente alternativa al desaparecido Muro de la Vergüenza, capaz de mantener en la región la inestabilidad social y política –base del beneficio lucrativo de todas las metástasis del socialismo.

Quizá por la edad, pero a los Castro les importa muy poco que esta red tejida sea frágil e impertinente a estas alturas de la historia. Parece que todo tiene su precio, incluyendo la conciencia de los que siguen sacando provecho de la miseria y pobreza. Y, quizá, tiene razón Gloria Álvarez al creer que solo la tecnología puede combatir el populismo.

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