Hace unas semanas Martín Banús desató una enorme indignación por su columna “El indígena feo”. Era de esperarse porque su escrito es racista, desde el título hasta el último punto, y no hay forma alguna de justificarlo. Varios columnistas le respondieron, pero muchos de ellos cayeron en el mismo error que Banús porque criticaron su racismo con argumentos racistas.

¿En Guatemala hay gente racista? Claro que la hay, pero sería hipócrita decir que el racismo emana únicamente de un grupo social. Ahora bien, ¿es Guatemala un país racista? No lo es. Para todos es conocido que este es un país sumamente diverso en cuanto a raza, cultura y religión. La libertad nos da derecho a ser diferentes a los demás pero hay algo que nos une a todos los guatemaltecos sin importar nuestro credo o color de piel: el sistema jurídico. Eso es Guatemala, sus leyes, sus instituciones públicas, su constitución, y gracias al influjo humanista que a partir de la Ilustración sacudió al mundo entero, todo vestigio de privilegio por raza o nacimiento, toda forma de sociedad estamental, ha ido quedando en el lugar que pertenece: los libros de historia.

Esta revolución humanista la condensó Jefferson en una frase que al día de hoy es la piedra angular de los países occidentales: “Sostenemos como verdades evidentes que todo los hombres nacen iguales, que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se cuentan el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Desde que se gritó esa frase al mundo, las desigualdades ante la ley han ido destruyéndose paulatinamente. La esclavitud ya no existe y la democracia moderna permite que todas las personas tengan opinión y poder de decisión en los asuntos públicos. Bien decía un historiador: la mayoría de países vive hoy bajo los principios jeffersonianos.

Guatemala no es un país racista, usted no encontrará aquí una ley vigente que prive a alguna persona de sus derechos por su raza, religión o cultura. Aquí ningún hombre es propiedad de otro y todo ser humano, por el hecho de serlo, desde el momento que nace se le reconocen todos sus derechos.

Este logro no es poca cosa. Yo me atrevo a decir, por el contrario, que es el logro más importante que la humanidad, Guatemala incluida, ha conquistado. Si echamos la mirada para atrás en la historia comprenderemos que vivimos en tiempos realmente increíbles; estos últimos siglos han sido la excepción, no la regla de la historia porque por miles de años la organización política ha consistido en que unos manden y otros sólo obedezcan.

Algunos me interpelarán: ¿de qué sirve que haya igualdad ante la ley si culturalmente sigue habiendo racismo? A lo que yo respondo: pongamos las cosas en perspectiva. El racismo en Guatemala ha ido disminuyendo con el tiempo, cada generación viene más tolerante que la anterior. En 1923 nuestro Nobel de Literatura escribió “El problema social del indio” como tesis de licenciatura; un trabajo parecido en nuestros días es simplemente inimaginable. Y si el racismo es cultural, se le puede aliviar con educación, cultura y paciencia, llevando luz a las mentes ignorantes, pero cuando el racismo está incrustado en una ley, preocupémonos, y preocupémonos mucho, porque detrás de la ley están las armas y la fuerza que nos obligan obedecerla y para destruir una ley como esa, según nos enseña la historia, se requerirá que corra mucha sangre.