En nuestros tiempos modernos no está muy de moda sobresalir. La sociedad en nuestras latitudes, quizás en otras pero esas no conozco, no gusta ver a esos genios que logran levantar la cabeza por encima del montón.

El sistema normativo está diseñado para hacer difícil sobresalir y está operado por personas que quieren que todos estén igual de mal que ellos.

Hay una suprema desconfianza en aquel que se esfuerza, en aquel que sueña con superarse, en aquel que quiere “comerse el mundo”. Los niños tienen que poder soñar. El niño del altiplano tiene que poder soñar con conocer el mar; el de la costa, con estar arriba de las nubes.

La gente en nuestro entorno puede ser catalizador o paralizador de sueños. Las normas legales y sociales también tienen ese rol.

Cuando un sistema jurídico está apuntalado en la seguridad, el resultado es una sociedad oprimida en el que soñar y sobresalir es casi penado por la ley. En un sistema jurídico en el que la confianza y la responsabilidad prevalecen para el diseño, las personas tienen espacios para prosperar interna y externamente.

Esos extremos guian el diseño de nuestras normas. Nuestras latitudes favorecen esa supuesta seguridad en la que se desconfía de todo y todos. Se requieren permisos, licencias, pruebas, verificaciones, inspecciones, requisitos, reglas, inscripciones y registros para hacer cualquier cosa. En otros sistemas, se parte de la confianza y buena fe de los emprendedores, por lo que el sistema favorece los mecanismos para castigar a quien defrauda esa confianza.

Los resultados de ambos sistemas está a la vista: nosotros, tercer mundo; los sistemas de mayor confianza, son menos burócraticos, más expeditos sus procesos judiciales y se les conoce como primer mundo.