El otro día una mujer hondureña me preguntó mi opinión sobre algo que había sucedido en su país. Me contó que un político (¡Sorpresa!) había estado recientemente en medio de un escándalo por haber manipulado información, acto que él catalogaba de “broma inocente” y se extrañaba por las exageradas reacciones del público. Me parece que en su momento no supe responder del todo bien, así que aquí va:

Los políticos, y todos nosotros hijos de nuestro tiempo, tenemos una horrible tendencia a banalizar lo importante. Estamos viviendo en los años de las post post modernidades (aún no las hemos logrado superar) y, en este ambiente, lo que vivimos es una tendencia a relativizar todo, a subjetivizar los valores y a ir demasiado lejos en nuestro afán de “quemeimportismo”. Lo hacemos con la política, con la libertad de expresión, con los valores, con el amor, con la sexualidad. Los usamos para cosas para las que sirven, pero que minimizan el valor que realmente tienen para la humanidad.

Tomen por ejemplo la libertad de expresión. Un derecho esencial para asegurar las libertades sociales, necesario para el buen funcionamiento de la democracia, base para nuestro sistema político, un derecho por el que miles de hombres han sacrificado su vida. Y, ¿cuándo lo invoca nuestra sociedad? Para poder insultar a otros, para que las de Femen puedan salir desnudas a la calle y para fundar la religión del Monstruo del Espagueti Volador (Si, realmente existe, v. pastafarismo). Bien hecho, sociedad. Los 110 periodistas asesinados debido a su labor en 2015 estarían orgullosos.

Un profesor lo explicaba así: “Es como si vas un domingo por la mañana al Museo Del Prado y decides que te quieres comer un pan con chorizo. Total, que vas paseando por los pasillos y te manchas todas las manos con aceite y con chorizo, y como no tienes una servilleta y tienes el cuadro de Las Meninas delante, piensas: es un lienzo, que es como una toalla. Y vas te limpias las manos manchadas de chorizo con Las Meninas”. ¿Ha cumplido su función? Sí. Pero hay algo de necio, de gañán, en limpiarse las manos con Las Meninas, lo mismo que usar la libertad de expresión para reivindicar tonterías o usar la sexualidad solo para obtener placer. Es banalizar lo importante.

Tenemos que dar a cada cosa la importancia que tiene, usar las cosas importantes para fines banales es una necedad, es no ser capaces de percibir el valor de las cosas. Y eso es una gran pérdida porque si no sabemos distinguir entre las cosas que son valiosas y las que no, y si no sabemos tratarlas como tales, con reverencia, con respeto, entonces no tendremos manera de ubicarnos en el mundo. Pondremos todas las realidades al mismo nivel, sin conocer el valor relativo que tienen unas respecto de las otras, sin saber que Las Meninas son más valiosas que un trapo de cocina y que el sexo es más valioso que como puro acto de placer. A veces alguien nos dice que tenemos que relativizar las cosas porque estamos exagerando, porque le damos demasiada importancia a tonterías. Pero también es importante que de vez en cuando alguien nos diga que relativicemos al contrario, porque fallamos en darnos cuenta del valor de las cosas que realmente son importantes. Y esto es casi más grave porque quien no sabe descubrir las cosas valiosas se pasará la vida volando bajo, olfateando el suelo, apegada al terruño cuando podría planear por el cielo.