Dentro de la contienda política actual de los Estados Unidos, mucha de la atención se ha enfocado en la irrupción del magnate de bienes raíces Donald Trump dentro del Partido Republicano (o GOP, siglas en inglés de “Grand Old Party” utilizado comúnmente para referirse al partido) y su estratosférico ascenso a la virtual nominación de su candidatura para la presidencia.

Personalmente he escrito de esto en el pasado (http://www.republicagt.com/opinion/elmal-chiste-llamado-donald-trump/) y argumenté que  Trump “es un síntoma visible de una porción del electorado conservador estadounidense que se siente alienado y no representado”. Hoy, me adentro un poco más las raíces históricas de la crisis conservadora de Estados Unidos y argumento que el ascenso de Trump no es un accidente ni una aberración: es el resultado de un proceso de radicalización ideológica del Partido Republicano.

Podemos encontrar las raíces de la radicalización del Partido Republicano hacia la derecha más conservadora en la plataforma promulgada por Barry Goldwater, candidato republicano en 1964, un movimiento que a su vez encuentra sus inicios a la reacción conservadora frente al “New Deal” y otras estructuras e instituciones asentadas en los años 30s, 40s y 50s bajo el mando de los demócratas y bajo el legado de Franklin Delano Roosevelt.

Esto llevó a un purismo ideológico que progresivamente ha radicalizado el partido hacia la derecha conversadora (representada en gran parte por la ala del “Tea Party”), alejando así a elementos más moderados, conciliatorios y más abiertos a llegar a consensos. Su radicalización se ve más evidenciada a nivel estatal, en la retórica de políticos con escaparate nacional y en la composición actual de su electorado base.

Como podemos ver, la “Trumpalización” del GOP es el resultado de varios procesos internos, tanto del mismo partido como del movimiento conservador estadounidense en donde factores como la frustración hacia Washington (una tendencia también evidenciada en el Partido Demócrata con Sanders y en otras latitudes a nivel mundial) así como el miedo (o resistencia) a los cambios culturales y sus subsecuentes normas sociales/legales (devenidas en parte por una rápida recomposición demográfica), han tomado fuerza.
Recordemos que históricamente el GOP era el partido que acogía las causas de los grupos afroamericanos (¿alguien recuerda a Lincoln?) hasta los años 60s, cuando el partido (con Goldwater), se opuso al movimiento civil de la época. Ahora son los electores blancos evangélicos del Sur, poblaciones rurales y sectores ricos tradicionales los que constituyen la base de un partido que no ha logrado apelar a las minorías (cada vez más grandes, por cierto) que componen el país y que incluso, dentro del proceso y oferta política actual, ha logrado alinear a los jóvenes y mujeres.

Este desfase demográfico, social e incluso generacional obliga al partido republicano a refundar sus bases ideológicas, un proceso necesario de modernización que todo movimiento político debe embarcar, si desea sobrevivir.

Gane Trump o no, al Partido Republicano como lo conocemos hoy, se le vino la noche. Si no es capaz de refundar su base ideológica (especialmente en lo social) ni de generar liderazgos que apelen y entiendan a la nueva realidad estadounidense, el GOP estará condenado a mantenerse atascado en la sombra de la oposición por mucho tiempo o experimentará un cisma dentro de sus filas que supondría la recomposición del sistema partidario de Estados Unidos.

Jorge V. Ávila Prera
@jorgeavilaprera