No cabe duda que nos enfrentamos a una transformación de la política guatemalteca, la cual podríamos analizar desde varios ángulos. Desde la perspectiva optimista, se observa un “despertar” que ha sido el impulso para la participación activa de la ciudadanía. La agenda política de este ente colectivo, no organizado y sin liderazgos, incluye el rechazo a la política tradicional, a la corrupción, y la reforma el diseño institucional del Estado.

Desde una visión más pesimista, se observa un creciente rechazo a las instituciones que usualmente acompañan una democracia, llámense estas partidos políticos, cortes de justicia o incluso la sociedad civil organizada. Si bien existe acuerdo sobre la necesidad de reformar al Estado, la falta de liderazgos y estructuras que puedan canalizar las demandas, hace sumamente complejo el proceso de lograr acuerdos. Por tal razón, al momento de definir el contenido de las reformas en cualquiera de los temas, se observa una especie de anarquía, en la que cada individuo se siente dueño de su verdad absoluta, y rechaza cualquier llamado a la discusión y la prudencia, asumiendo que quien lo hace tiene como objetivo final mantener el statu quo.

Lo descrito anteriormente ha sido conceptualizado como “la democracia del rechazo”, es decir, un sistema en el que los ciudadanos son activos en los procesos, pero tienden a mostrar resistencia a las instituciones y los actores políticos organizados. Este no es un fenómeno exclusivo de Guatemala, sino al parecer podría ser una tendencia mundial. Por ejemplo, la democracia del rechazo ha dado paso al surgimiento de outsiders en Estados Unidos, partidos nuevos en España, y partidos de corte más radical en otros países de Europa.

Al observar esta situación, fácilmente se podría argumentar que el objetivo de estos nuevos movimientos es mejorar la representatividad de los sistemas políticos. Durante muchas décadas, las instituciones han ido perdiendo su cercanía con los individuos, por lo que ahora estos buscarían tener incidencia en la manera en cómo se conduce el sistema.

Sin embargo, considero que esta interpretación de las nuevas corrientes políticas se queda corta para entender lo que realmente está sucediendo en Guatemala y el mundo. El rechazo de la ciudadanía no es contra actores políticos en particular, o contra uno u otro partido. El desencanto del ciudadano va más allá, y podría tener su raíz en la democracia misma. En otras palabras, la ciudadanía no lamenta la falta de democracia, sino la existencia de ella. Su objetivo no es fortalecer la democracia, sino reemplazarla con otro sistema, sin saber cuál.

Si analizamos la actualidad desde esta perspectiva podríamos dimensionar la magnitud del problema. No se trata de una crisis temporal de un actor o institución. Más bien, esto es una crisis de la democracia como modelo político. Si bien, son pocos los que en estos tiempos se atreven a apoyar públicamente la existencia de un gobierno autoritario, pareciera que en el subconsciente colectivo, se espera la aparición de un Estado todopoderoso, que no sea sujeto a contrapesos, y así pueda hacer cambios rápidamente.

Esto representa un enorme reto para las élites políticas, económicas, sociales y académicas. Durante las últimas décadas, el paradigma mundial ha sido la promoción de las democracias liberales como el mejor sistema de gobierno. El fantasma de los golpes militares ha ido desapareciendo; sin embargo, ahora han aparecido nuevos desafíos a las democracias, que provienen precisamente de la ciudadanía. Lo anterior nos deja algunas preguntas para reflexionar: ¿es posible adaptar la democracia a la nueva realidad? ¿qué tipo de Estado podría surgir a partir de las exigencias ciudadanas? ¿cómo darle legitimidad a las instituciones democráticas sin ser calificado como protector del statu quo?