Durante casi un mes tuve la oportunidad de caminar todos los días al trabajo. Al inicio la idea no me encantó porque cuando caminas por las calles de la ciudad, en un día como hoy, es inevitable pensar en el momento en que te van a asaltar, o en la posibilidad de que te atropelle un taxi imprudente o una camioneta. Estar en la calle se ha convertido en sinónimo de exposición y se trata de evitar a toda costa. Pero poco a poco llegué no solo a acostumbrarme a caminar, sino a quererlo y a hacerlo contento. Porque cuando sos el peatón te das cuenta de tantos detalles que hay en la calle; detalles que como conductor no te toca ver ni experimentar, porque dentro de tu burbuja de metal es imposible captar ciertas cosas.
Y así fueron transcurriendo los primeros días, con temor y ansiedad de salir a la calle. Era la misma rutina. Caminar unos treinta metros, llegar a la esquina y esperar el semáforo que dura exactamente un minuto. Durante ese minuto, cruzar los dedos para que nadie se acerque por detrás y me robe mi mochila, mi celular, mis zapatos o mis anteojos. Cambia el semáforo y me atravieso la calle, siempre con la agonía de que puede haber un motorista imprudente que se pase el semáforo en rojo y me use como blanco. Llego a la otra esquina. Espero en otro semáforo (este más corto, de unos treinta segundos). Escucho las bocinas de unos carros que “no se apuran a cruzar”. Cambia el semáforo y me atravieso de nuevo. Llego a una pasarela, la única que hay. Subo las gradas de concreto y observo lo que parecía ser pintura anaranjada que “adornaba la pasarela”. Cruzo y bajo la pasarela. Paso por una sector atorado de grafitis, un perro callejero raza pastor alemán que no se si me va a morder o no y al fondo, otros peatones fumándose un cigarro (o algo parecido). Doblo en la esquina y sigo caminando por la segunda banqueta más angosta que he visto en mi vida. Paso por una Iglesia de aspecto extraño y finalmente llego a mi destino. Toco el timbre y sin mirar atrás entro.
Pero un día, la calle fue diferente. No sé si fue el café que me tomé antes de salir, o la música que escuché más temprano. O quizás fue la idea de que necesitaba cambiar mi perspectiva para mejorar mi rutina. Fuera cual fuera la razón, todo a partir de ese día fue distinto. Era el mismo trayecto, ¡pero lucía tan distinto!
Caminé por los mismos treinta metros, pero sin una gota de angustia. Me di cuenta que había unos arbolitos sembrados a un costado de la banqueta y me imagine que cuando crecieran, serían un excelente adorno urbano. Llegué a la esquina de siempre. Ahí me acompañaron unos jóvenes que, después de platicar un rato (teníamos un minuto para hacerlo) descubrí que estudiaban en el Instituto Afolfo Hall, a unas pocas cuadras. Crucé la calle y llegué al otro extremo. Saludé por primera vez al vendedor de rosas que antes pasaba por desapercibido. Me lanzó una sonrisa ausente de dientes pero cariñosa, y me di cuenta que había vendido ya la mitad de sus rosas, ¡que buen día para el! La luz del semáforo cambió y me atravesé la calle de nuevo. Mientras subía la pasarela me di cuenta que tenía la oportunidad de caminar por un monumento histórico, puesto que había sido construida en los años de Jorge Ubico. Bajé la pasarela y pasé por ese sector, que hoy lucía distinto. Me fijé en los grafitis y me di cuenta que eran verdaderas obras de arte, con mensajes que decían “Amor”, “Revolución” y “502”. Los hombres que fumaban estaban comprándole un atol a la señora de la esquina, y esta les sonreía mientras los despedía: “Adiós patojos”. Pasé cerca del perro, que de agresivo no tenía nada (según me contaron lleva más de siete años en la cuadra, todos lo alimentan con lo que pueden y jamás a mordido a nadie). Pasé por la misma Iglesia y me di cuenta que es más bonita de lo que pensaba. Llegué al edificio, pero esta vez no toqué el timbre inmediatamente. Me di la vuelta y observé todo lo que había recorrido. ¡Cómo cambian las cosas cuando decides verlas con otros ojos!