Anarco-Capitalismo

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Anarco-capitalismo. Sólo escuchar el nombre es chocante para muchos. Relacionamos rápidamente anarquía con caos, desorden, hordas de personas, etc; Se nos es inimaginable, no podemos concebir la idea de una sociedad o la vida misma sin la presencia del Estado. A pesar que en muchas ocasiones los problemas se les aducen al Estado, el plantearse la no existencia del mismo se considera radical y extremista. Por otro lado, el concepto de capitalismo lamentablemente ha tomado un sentido peyorativo para muchos a pesar de los beneficios que ha representado para la humanidad.
En las últimas semanas se ha gestado un debate por demás interesante en los círculos académicos liberales, específicamente en España, acerca del anarco-capitalismo, en contraposición de visiones liberales más “moderadas” como por ejemplo, el minarquismo, el cual sí considera necesario un Estado pero “pequeño” y limitado a funciones esenciales como la seguridad y justicia.
Escribo esta columna con el afán de proveer un acercamiento bastante básico a la noción del anarco-capitalismo como teoría filosófica y como un método de pensamiento crítico a través del cual podemos analizar los problemas de nuestro entorno.
A diferencia de lo que muchos puedan pensar, el anarco-capitalismo es una corriente filosófica que, al no legitimar al Estado como institución (ya que lo ve como el monopolio sistematizado de la violencia), busca un orden (sí, orden) basado en el intercambio e interacción social bajo el principio de la no agresión, voluntariedad, derecho de propiedad y libre asociación/mercado. Es decir, el Estado, al ser por naturaleza ineficiente, tirano y corrupto, no es necesario para regular la interacción social. Los bienes considerados “públicos” (incluso la seguridad) pueden ser proveídos por medio de contratos e intercambios entre entes privados. Se enfatiza, pues, la soberanía individual como pilar fundamental.
Se podría argumentar que el anarco-capitalismo constituye la conclusión filosófica lógica del liberalismo al avocar una sociedad verdaderamente libre (entendiendo libertad como ausencia de coerción estatal) en donde las interacciones voluntarias primen. Sin embargo, una de las críticas principales hacia esta escuela es que si su aplicación puede alguna vez ser real o si se basa en un análisis meramente conjetural con aspiraciones utópicas.
Más allá de que se pueda ver a una sociedad anarco-capitalista como utópica e idealista, estimo que el valor real de esta escuela filosófica yace en el “cambio de chip” que puede incurrir en nosotros a la hora de plantearnos ¿cómo se podría resolver el problema “X”, “Y” o “Z”? sin tener que pensar en el Estado y optar primero por procesos voluntarios, contractuales y libres. Lo anterior ya presupone una victoria en sí misma (a mi forma de ver) y un rompimiento de un paradigma, casi dogmático –como es la existencia misma del Estado.
Para la sociedad Guatemalteca, este debate desafortunadamente está aún muy lejano. A pesar que de manera repetida vemos en el Estado la raíz de muchos problemas, irónicamente también se ve en él la vía para su solución por lo que se busca de manera perpetua formas para mejorarlo (y en el proceso, agrandarlo), mas nunca se plantea cómo sería la sociedad sin él.
He de aceptar que realizar dicho ejercicio no es sencillo, pero definitivamente vale la pena. Por esto, estimado lector, lo insto a adentrarse en la literatura anarco-capitalista y conocer de esta escuela por medio de autores clásicos como Murray Rothband, David Friedman, más contemporáneos como Jesús Huerta de Soto o bien, estar al pendiente de las publicaciones del Instituto Juan de Mariana (www.juandemariana.org) al respecto. Se sorprenderá al darse cuenta que, en la mayoría de las ocasiones, no es la falta de estado el problema, es la falta de mercado.
Jorge V. Ávila Prera
@jorgeavilaprera

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