“Fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos, fue la edad de la sabiduría, fue la edad de las tonterías, fue la época de creer, fue la época de incredulidad, fue la temporada de luz, fue la temporada de obscuridad, fue la primavera de la esperanza, fue el invierno de la desesperación, teníamos todo frente a nosotros, no teníamos nada frente a nosotros, todos íbamos directo al Paraíso, todos íbamos directo a la dirección opuesta – en resumen, ese período era muy distinto al nuestro…”
– Charles Dickens, “Historia de dos ciudades”

La cita anterior es de la novela “Historia de dos ciudades” que escribió el famoso escritor inglés Charles Dickens en 1859. Esta novela de ficción histórica refleja la época de la revolución francesa en el siglo XVIII y contrasta la vida tranquila de la ciudad de Londres con la de Paris, ciudad que estaba desgarrándose en una caótica revolución. La cita me pareció oportuna pues refleja lo que pudiéramos estar viviendo en Guatemala: un momento histórico que nos pudiera llevar a cambiar el rumbo del país de una manera pacífica, pero estamos embarcados en un barco que navega por aguas tormentosas sin aparente dirección, sin brújula ni timonel.

Guatemala es un país bello, no solo por su privilegiada ubicación geográfica, por sus pintorescos paisajes paradisíacos a lo largo del país, de costa a costa y de frontera a frontera, y por su rica cultura; es un país bello por su gente, la mayoría con buenas intenciones, servicial y trabajadora. Pero lejos de la tranquilidad que caracterizaba a Londres en el siglo XVIII de la novela de Dickens, hemos vivido 195 años de una historia tumultuosa que a veces pareciera buscar infructuosamente de cambiar su rumbo. Durante nuestra época republicana hemos vivido diversas revoluciones que han logrado cambiar algunas de las difíciles situaciones que hemos vivido, pero ninguna – violenta ni pacífica – ha sido capaz de promover cambios profundos que saquen al país de la miseria. Guatemala es un país en donde casi el 60% de su población – más de 9.5 millones de personas, viven en la pobreza y de estos, cerca de 4 millones de habitantes – o casi la cuarta parte de sus habitantes – viven en la pobreza extrema.

Mientras los datos reflejan que se está reduciendo la pobreza en el mundo, en Guatemala esta va en aumento. Según la Encuesta de condiciones de vida, en apenas ocho años los indicadores han empeorado casi un 16%, incrementando del 52% en el año 2014 a casi el 60% de la población viviendo en pobreza. Pero al profundizar más en las estadísticas y alejándonos de los promedios, la realidad es que en casi la mitad de los municipios rurales del país el 75% de su población vive en pobreza.

Estoy convencido que la única manera en que se lograrán cambios profundos y trascendentales para mejorar la calidad de vida de los guatemaltecos será a través de la educación. Me aterra ver como las políticas educativas cambian cada 4 años, en ocasiones sin rumbo aparente, con el agravante que los cambios continuos propician el retraso. Me refresco en nuestra historia reciente, recordando que hace apenas 75 años, en la época del General Jorge Ubico, la educación rural fue dejada a la deriva ya que el gobernante consideraba que para mantenerse en el poder era conveniente que los campesinos se mantuvieran ignorantes. Prefiero pensar que ese no es el pensamiento que prevalece en nuestros días actuales.

Sin embargo, con satisfacción he notado un resurgimiento en el interés por mejorar la educación. Tal vez sea porque yo mismo estoy involucrado en ese campo, o tal vez porque en la era de la información y redes sociales las noticias se esparcen más rápidamente. De cualquier manera, veo más conciencia en nuestra caótica situación educativa e interés por mejorarla. Han surgido asociaciones, fundaciones e instituciones dedicadas a buscar soluciones. Ahora hay estadísticas que nos ayudan a mapear la situación, indicadores que hace apenas una década no existían. Organismos internacionales se han preocupado por la situación y han destinado recursos millonarios y especialistas a hacer planteamientos, aunque no necesariamente enfocados en una dirección con un objetivo común. Pero he visto poca acción; ahora tenemos información, estadísticas, estudios, conocimiento de qué hacen otros países y cómo han logrado el éxito y también de en donde han fracasado, pero veo pocos esfuerzos concretos que incidan en una mejora en un período en que muchos aún podamos verla. Y es que los cambios en el sistema educativo de un país pueden tomar varias generaciones. A Japón le tomó más de 100 años, pero países como Singapur y Corea han demostrado que es posible hacerlo en mucho menos tiempo.

Ahora está surgiendo en Guatemala un pequeño grupo de personas que están buscando, no solamente buscar los mecanismos que puedan llevar a Guatemala a mejorar estructuralmente su sistema educativo, sino que a buscar que sea posible la consecución de los recursos necesarios para poner en práctica las ideas e implementarlas. Es decir, están “tomando el sartén por el mango”. Es aún muy temprano para conocer la dirección que este pequeño grupo de individuos – con un gran amor al país y sentimiento altruista – tomarán, pero han unido la mente con el corazón en la tarea de mejorar la educación y construir un país habitado por ciudadanos responsables y competentes que contribuyan a formar una mejor sociedad. Aunque las ideas están aún en sus fases iniciales, es alentador notar que personas sin sombrero político ni intereses particulares – más que un deseo de vivir en una Guatemala mejor – están activamente buscando promover una mejora radical en el sistema educativo.

Platón, quien vivió unos 400 años antes de la Era Común y fue fundador de la Academia de Atenas, dijo: “el objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano”. Unas pocas decenas de años antes de Platón, Pitágoras, proveniente de la antigua Grecia y considerado como el primer Matemático puro, también expresó: “Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”. Unámonos como país para que finalmente llegue una tan necesitada mejora en nuestro sistema educativo. La educación es la fórmula para sacar al país de la pobreza y el mejor legado que podremos dejar a las futuras generaciones.

 

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