Aunque no es la película de animación en la que Jack Skeleton descubre la puerta hacia la tierra de la Navidad, lo ocurrido en este inicio de semana parece tan surrealista como cualquier largometraje de Tim Burton, pero con la crudeza que Damián Szifron imprime en sus Relatos Salvajes.

“Campana sobre campana, y sobre campana una”. Empieza el villancico como banda sonora de este thriller. Mevlut Mert Altintas, un policía turco de 22 años sale a escena por la parte trasera del escenario. Parece uno más en el coro griego formado por la guardia del embajador ruso en Turquía, Andrei Karlov. Habló dos veces y accionó el gatillo once, dos al aire, nueve al fino hilo que mantiene estables las relaciones entre Rusia y el país otomano.

“Campana sobre campana, y sobre campana dos”. El canto navideño solo parecía adecuado para la “película” por las fechas en las que estamos, pero la sucesión de eventos le va dando otro sentido. Seguramente sonaban canciones de ese estilo (no en nuestra lengua, por supuesto) en el mercado de la Breitscheidplatz berlinesa. Los mercadillos navideños son una tradición con raíces medievales que se montan por toda Europa; tanto en las megaurbes cosmopolitas como en los pueblos más retirados, y los de la zona central del Viejo Continente, sobretodo en Austria y Alemania, gozan de una fama mayor.

La plaza de la iglesia en memoria del Kaiser Wilhelm llegó a ser antes de la Segunda Guerra Mundial, según cuenta Michael Kimmelman en un artículo en el New York Times, el equivalente en la Alemania Occidental al Piccadilly Circus londinense. Hoy, décadas después de aquella guerra, y de la Reunificación, en la que jugó un papel emblemático, ve cómo 25 toneladas de acero contenidas en un Scania han apagado las luces de sus puestos de venta callejeros.

“Campana sobre campana, y sobre campana tres”. El último repique ha repercutido menos, mucho menos. Dio su primer toque en un Centro Islámico-somalí en Zúrich y el último en un puente cercano, en el que el tirador, que hirió a un grupo de asistentes al edificio religioso, se suicidó.

Parecía que iban a salir ya los créditos finales cuando el guión resultó alterado: el detenido, paquistaní, por el atentado de Berlín, fue liberado. El motor de Europa aún tiene libre en sus calles a un hombre que condujo durante 80 metros arrollando todo a su paso. Poco antes de eso, un oficial del gobierno turco dijo que el asesinato de Ankara (Turquía) “no fue acción de un solo hombre, fue algo totalmente profesional”.

El grito del asesino turco, haciendo alusión a la guerra de Siria, nos recuerda que en las últimas semanas se han dado golpes de alto imapcto al Dáesh y que, como dice un periodista español, en el frente de Oriente Medio han perdido mucho terreno, lo que los pudo llevar a organizar “pequeños” actos propagandísticos en la otra zona abierta de batalla.

Sin embargo, creo que hay otro dato que nos hacen recordar, y es que de los combatientes extranjeros (ni sirios ni iraquíes) del Dáesh, un quinto son europeos occidentales. Además, muchos medios han apuntado lo barato que resultan ataques como el de la capital alemana. En tiempos de Al-Qaeda, la preparación de combatientes y sus tácticas era tan larga y costosa que era “fácil” para las organizaciones de inteligencia de Occidente desmontar operativos. Ahora, entre internet, y el hecho de que muchos presuntos “soldados” del Dáesh son radicalizados en territorio enemigo (o sea, Europa) el arte de la predicción ha quedado reservado para videntes con bolas de cristal.

Y ahora, ¿cómo terminamos esta película?

Ante la falta de imaginación en Hollywood, se han puesto de moda las precuelas (El Hobbit, Animales Fantásticos, Episodios I, II y III de Star Wars, Prometheus, ¿sigo?) pero eso es algo que la Secretaría de Defensa de EE.UU. ya tiene muy gastado en asuntos de guerra. La otra opción parece ser una secuela, pera esta tendría (con mucha seguridad) como banda sonora “25 de diciembre, ¡pum, pum, pum!”

Espero que no tengamos que llegar a eso último, pero las decisiones que lo provocarían, o no, no son tomadas ni en el escritorio de un columnista ni en una charla de cafetería, aunque claro, ya afectarán a los protagonistas de estas dos situaciones.

 

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