No hay error tipográfico en el titular. He querido sugerir con este juego de palabras todo lo que hemos vivido los guatemaltecos en los últimos años respecto de los medios tradicionales de comunicación que enfrentados a procesos de cambio, se mueven en una dirección que no terminamos de descifrar. De alguna manera los medios están entonces en medio de su propia reinvención, con los riesgos y oportunidades que eso significa. Me interesa repasar algunos de los principales episodios que estamos atestiguando, particularmente en el ámbito del periodismo político. 

Durante muchos años unos pocos medios escritos acapararon la atención de los círculos de influencia en el país. Con una tradición que procedía de un formato convencional, vinculados a una familia de linaje periodístico que hunde sus raíces en la historia de la prensa y con una relativa estabilidad en su estructura accionaria, los periódicos en Guatemala tenían mercados claramente identificados, una línea editorial que apelaba a ciertos segmentos y una circulación que les hacía tener una presencia nacional lo suficientemente extendida como para incidir en la agenda nacional. De aquello poco queda. La aparición de los medios digitales, cambios importantes en los patrones de lectura, el surgimiento de verdaderos medios de masas en papel, y procesos económicos y políticos que han reducido la capacidad sino llevado al borde de la penuria económica a muchos de estos medios tradicionales, hacen que hoy  se cuestione si este formato sobrevivirá. Vemos que se busca reaccionar cada vez más a un entorno que demanda inmediatez, lectura “a vuelo de pájaro” y un cierto sabor a sensación. Es decir, todo lo contrario de lo que representaba el concepto de la prensa escrita hasta hace pocos años.  La nostalgia en esto no toca. Los cambios demandan cambios, pero hay una cierta ética y un cierto protocolo que los medios escritos deben  asegurar que no se pierda, pues ello es garantía de una prensa ciudadana pero ante todo responsable.  Sobre ello nos volveremos más adelante. 

Las redes sociales han redefinido el juego. Una inmensa plaza global en la que circulan millares de perfiles, unos muy notorios, otros de ocasión y unos terceros fabricados es la que parece definir los temas de opinión y el estado de ánimo del país. A este fenómeno no escapan tampoco los principales canales de noticia en la televisión. Luego de una primera etapa en que la formación de opinión estaba en manos de unos muy rígidos programas, producto de las preferencias monotemáticas de la televisión abierta, el mercado de opinión política televisada se abrió a nuevas opciones. Sin embargo estos nuevos productos han tenido también que inclinar la cabeza ante la fuerza de las redes. De repente vemos por un lado, cómo los principales comentaristas han introducido en el plató de televisión a su majestad el celular como a una especie de invitado sin rostro, para poder así comentar las últimas tendencias en las redes. Más llamativo es el hecho que para atender a un público al que antiguamente no se le podía poner nombre y apellido, ahora los programas han tenido que abrir secciones al aire en las que ocurren dos procesos en simultáneo: los “cinco minutos de fama” para aquel que logra introducir su comentario no importa si hay en él substancia o no; y el de la selección editorial que los conductores hacen de los mensajes que deben o no deben aparecer en pantalla, transparentando por primera vez ese trabajo de edición y selección que antes ocurría en las zonas profundas de las redacciones. De nuevo, esto está cambiando la forma de hacer prensa televisada. Y no siempre para mejor. 

La horizontalización del poder noticioso, la interacción bilateral entre emisor y receptor y la democratización en el acceso a las fuentes de información -todos estos procesos positivos en sí mismos-, debe llevar a los medios de comunicación a un proceso de reflexión profunda para no perder su rol de comunicadores y terminar siendo simples plataformas de reproducción de contenidos no filtrados por el criterio profesional y el rigor periodístico. Hay un cierto encanto en dejarse llevar por el flujo de la masa en el tráfico de las redes sociales, pero debería haber más encanto en recibir de formadores y periodistas una sana crítica del ambiente político, no importante si esto está acorde con el gusto efímero de la plaza digital. Para ello es necesario jerarquizar la información que circula en los medios –no todas las ideas tienen el mismo valor-, y por el otro lado, periodistas, analistas y gente de prensa debe tomar una distancia adecuada y necesaria de las mismas redes, para que la cercanía periodística no se confunda con activismo digital.  

Es cierto, los medios están en medio. Pero también, y en eso radica el gusto de este proceso de globalización de la noticia, los consumidores de los medios debemos poner de nuestra parte. Mayores exigencias nuestras pueden y deben reflejarse en mejores prácticas en la prensa y periodismo local. Al fin y al cabo contar con medios fuertes e independientes no es función solo del periodista o del empresario de la comunicación sino de todos los ciudadanos que se benefician de ella.

 

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