Chapecó, Brasil | AFP |

El arquero Jackson Follmann, que sufrió la amputación de parte de la pierna derecha tras la tragedia, enarboló junto al defensor Neto y al lateral Alan Ruschel, el preciado trofeo, bajo una salva de aplausos. Las esposas de las víctimas del accidente ingresaron luego al césped, donde se les entregó las medallas que hubieran recibido sus maridos, en una ceremonia cargada de emoción.

La Copa le fue atribuida al Chape a pedido del colombiano Atlético Nacional, con el que debía dirimirla.

El accidente se produjo el 28 de noviembre, en las montañas colombianas, cuando el equipo brasileño se dirigía a Medellín a jugar la el partido de ida de la final de la Copa Sudamericana-2016.

De las 77 personas que iban a bordo, 71 perecieron. Los otros sobrevivientes son el periodista radial Rafael Henzel y dos tripulantes bolivianos.

El partido contra Palmeiras, campeón del Brasileirao, comenzaba a las 16H30 locales (18H30 GMT).

En el minuto 71, el locutor del estadio pedirá a los espectadores levantarse y aplaudir, en homenaje a las 71 víctimas de la tragedia. Ese ritual debería repetirse en todos los partidos que el Chape juegue de local.

La ciudad de Chapecó se identifica plenamente con su equipo, pero el estadio, con un aforo de 20.000 espectadores, no estaba lleno, probablemente a causa del elevado precio de la entrada: 80 reales (25 dólares), en un país golpeado por la crisis y el desempleo.

La mitad de la recaudación se destinará a las familias de las víctimas y la otra mitad a la reconstrucción de club, que contrató a 22 jugadores para recomponer sus filas.