Me alejo en estas líneas de la enorme cantidad de columnas que han comentando, en uno u otro sentido,  los mensajes y políticas de la nueva administración Trump, la que se inauguró con gran estruendo hace apenas hace unos 10 días.  Creo que esto corresponde más a la batalla ideológica y al terreno de las opiniones personales. Quiero entonces, en contrapartida, llamar la atención sobre lo que visto desde una perspectiva de la ciencia política, ofrece un verdadero festín para analistas y comentaristas de la coyuntura. Le llamo el “método” Trump.

 

El Presidente Trump con unos pocos golpes de efecto, desde su mensaje a la nación, pasando por conferencias de prensa para abatir a los medios de comunicación y llegando a la firma tonante de decretos así como despidos súbitos de funcionarios, ha logrado generar en menos de dos semanas un impacto político considerable dentro y fuera de su país.  En suma ha comenzado a colocar su agenda.  Esto ha sido, a mi juicio, debido a la rigurosa aplicación de varios principios básicos de política aplicada. No es fácil mover el centro del tablero en una democracia como la americana, pero acá, con cuatro recursos que a continuación detallo, tiene hoy Trump la iniciativa.

 

Primeramente corresponder a su agenda de campaña.  Con pocas palabras y algunas acciones concretas se ha dirigido hacia sus públicos objetivos, buscando cumplir con lo que prometió. Esta correspondencia entre discursos de propaganda y medidas políticas de gobierno es poco usual en nuestros días y mucho menos en nuestras latitudes. Pero acá el objetivo está claro: ganar credibilidad a partir de hacer lo que ofreció y  atender a los públicos que lo hicieron Presidente. Resta por ver si esto le permitirá hacer un gobierno efectivo pero hoy su base de soporte se percibe atendida. Esto le dará cierto margen de maniobra.

 

Establecer un “mood” de cambio desde las primeras horas es otro rasgo de quienes buscan tomar control de la dinámica política. Mucho se dice que en Latinoamérica los gobiernos tardan en controlar los procesos de transición de un Presidente a otro. Acá esto así sucede porque hay poca identificación ideológica o por la debilidad de los dirigentes políticos. Pero no es el caso de los Estados Unidos.  Guste o no el modo en que ahora empiezan  a suceder ciertas cosas, Trump ha buscado imprimir un carácter propio a la nueva administración. El mismo se encargó de definir el día de la toma de posesión como un parteaguas. Por supuesto a toda acción corresponde una reacción –como ya empieza a ocurrir como los movimientos de resistencia- pero ya ha logrado hacer que unos y otros giren en torno a su propio eje de gravedad.

 

Para movilizar recursos en política es necesario identificar al adversario.  Esta regla, utilizada por monstruos como Stalin, Hitler o Chávez, o por estadistas como Churchill o De Gaulle es muy efectiva para crear una especie de espíritu de cuerpo y generar adhesiones y asignar responsabilidades. Ya el Presidente de los Estados Unidos ha definido algunos en su discurso inaugural. Probablemente se irán sumando otros en el camino. Este es uno de los aspectos más sensibles de su propuesta política porque acumulará fuerzas sociales de lado y lado, en abierta tensión.

 

Por último la utilización oportuna del “timing político”.  Trump sabe dos cosas: 1) que hasta este momento el partido republicano tiene el control de ambas cámaras, y 2) que habrán elecciones de medio término. Tomando estos dos factores en cuenta, sabe que tiene que ir a fondo con medidas que le permitan conseguir aprobaciones, lograr resultados y capitalizar éstos de cara a la próxima elección. De lo contrario, la segunda parte de su mandato será de mero control de daños. De allí la urgencia y el modo particular de plantear sus políticas.

 

Estas técnicas o recursos políticos son intemporales y ciertamente son válidos para cualquier filosofía política en el poder. Lo interesante acá, desprendiéndose de la personalidad y mensaje del nuevo Presidente de los Estados Unidos, es ver cuánto y cómo estas herramientas de la política le permitirán a Donald Trump gobernar en un mundo más complejo y que seguramente se tornará así aun más a su alrededor. Allí radica la fascinación por evaluar si el método ha servido a su propósito o no.