“¿Qué le da valor a una opinión?”, pregunté a mis estudiantes del curso de Géneros Periodísticos I.
“Que todo mundo la apruebe”, respondió una alumna.
“O que todo mundo la refute”, dijo otro de sus compañeros, con mucha convicción en su tono de voz.
Con ambos argumentos, volví a preguntar: “¿Qué hace más valiosa una opinión? ¿Que todos estén de acuerdo o que genere debate?”.
El silencio invadió el salón, hasta que una jovencita indicó: “Ahí está la importancia de opinar: decir lo que se piensa para ayudar a otros a pensar”.
El debate se extendió cuando otra alumna puso un ejemplo: “Yo escribí en mi cuenta de Facebook que Jimmy Morales tenía derecho de quedarse dormido, pues es un ser humano que, igual que todos, se cansa. Yo ni siquiera voté por él, pero desde ese día algunos amigos me tacharon de Jimiliever y con eso me quitaron las ganas de opinar de temas políticos”.
La estudiante concluyó su anécdota así: “Entendí después de que mi opinión vale y que siempre habrá quien quiera callarme solo por no estar de acuerdo con el criterio de moda, pero eso no debe frenar mi libertad”…
Hace unos días recordaba esta conversación con estudiantes de segundo año de Comunicación, al ver cómo en este país cada vez están más de moda las etiquetas. Y no me refiero a las que usamos en redes sociales, sino a aquellas que nos cuelgan en la frente cada vez que salimos de ese “criterio de moda”.
Comparto la anécdota este día a propósito de las reformas constitucionales. Hoy, quien se pronuncia contra ellos es automáticamente etiquetado como “aliado de la impunidad y parte de las huestes oscuras de la corrupción”. Ha sido una estrategia tan bien posicionada, que muchos se abstienen de plantear sus dudas sobre la idoneidad de ciertas propuestas planteadas en la iniciativa 51-79, que el Congreso está por retomar la próxima semana.
Eso se llama descalificar y tener cero tolerancia al debate. Quien promueve ese tipo de etiquetas es aquel que está acostumbrado a imponer su voluntad, a actuar por capricho y a vivir del protagonismo.
Creo que Guatemala ha tenido suficiente de esto. Desde políticos que reprimen toda crítica por el simple hecho de que daña su ego, hasta grupos de activistas que han encontrado una cómoda forma de vida en la confrontación.
Un tema tan serio y delicado, que nos concierne a todos los guatemaltecos, debe estar libre de etiquetas. Aquí no se vale el argumento de que si no nos parece la reforma tal y como está planteada, estamos contra la justicia. ¿Pensar así me condena automáticamente a compartir una prisión con los más grandes corruptos de este país?
Quienes han promovido este argumento no son coherentes con la causa que dicen defender: la justicia. ¿Es que acaso la justicia se construye con prejuicios? ¿Es justo difamar y calumniar a otros solo porque no piensan como yo? ¿Pensar que solamente existe mi verdad es un principio de la justicia?
Quizá el factor ideológico ha despertado al monstruo de la intolerancia, y cuando manda la ideología, se empiezan a construir héroes fugaces que se apropian de la causa. En un proceso auténtico y responsable de reforma constitucional, la victoria es DE TODOS, porque se logró un mejor sistema PARA TODOS.
Hoy vemos todo lo contrario. Hay grupos y personas que hablan de ganar, y no precisamente de ganarle a la corrupción o a la impunidad, sino de ganarle a quienes se han atrevido a cuestionarlos. ¿De esta forma quieren darle credibilidad a la aprobación de las reformas?
Las etiquetas sobran: Racistas los que se oponen a la jurisdicción indígena; amigos de los privilegios los que no quieren hablar de equidad en la justicia; aliados de la impunidad los que quieren que todo siga igual; corruptores los que dicen no a las reformas…
Y a los que descalifican e imponen voluntades, ¿qué etiquetas podemos ponerles?
En lugar de perder el tiempo de esa forma, todos los sectores, en armonía, deberían despejar las dudas que gravitan alrededor de temas de peso que se han incluido en la iniciativa que el Congreso discutirá el próximo miércoles.
Creo que en este caso, también es válida la conclusión a la que llegamos con los estudiantes: la responsabilidad y el respeto son la clave. Ojalá que la cordura y la visión de país logren abrirse paso entre tanto fanatismo, prejuicio y conflicto, pues las reformas constitucionales deben llamar a la unidad, un valor que aún debemos aprender cómo poner en práctica.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo