Ojalá cada una pudiera ser, todos los días, donde esté, una pequeña resistencia, una conciencia despierta y contagiosa. Eso cuenta.
Vania Vargas

Han pasado cuatro días desde que me enteré de la muerte de una niña keniana de tan sólo 10 años por no saber leer. El profesor que le impartía las clases de inglés la golpeó, según lo que se sabe, y después hizo que sus compañeros le dieran golpes cada vez que ella pronunciara mal una palabra. Asustada después de todos los golpes, la pequeña se reportó como enferma con el director de la escuela quién le permitió retirarse. Dos días después la niña murió.

Por otro lado, me topé con la historia de Sedaqat que como muchos niños a nivel mundial enfrenta la carga del trabajo infantil y la negación a su educación. Parece que un cuarto de los niños afganos realiza trabajo infantil en industrias como la fabricación de ladrillos o la minería (Prensa Libre, 2017) Y hay más historias sobre niños que sufren y que las conocemos únicamente porque se han hecho virales, como la del filipino de 9 años que lleva a su hermano a clases porque nadie más puede cuidar de él.

La verdad es que basta darle una revisada a los diarios nacionales e internacionales para aprender sobre todo el dolor que se está instalado en los corazones de la niñez a nivel mundial. Un niño ya no sólo sufre por no poder estudiar, por no tener juguetes o por el bullying; los niños sufren por la pérdida de sus padres, por la destrucción violenta de sus hogares, por el abuso que reciben de adultos, por la violación a sus derechos (todos sus derechos).

Lo cierto es que el planeta se está volviendo un monstruo que se autodestruye. Cada uno de los problemas del mundo surgen de corazones avaros y egoístas. El problema es que no se ven planes de extinguir esta situación. Ni siquiera estamos dandole un especial cuidado a aquellos niños cuya inocencia y bondad podría cambiar nuestro futuro.

Estamos acostumbrados a ver a los niños como una minoría, una propiedad más de los Estados. Los niños no son una caridad más a la que podemos decidir ayudar o no. Un niño de Irak, una niña alemana, un niño guatemalteco o uno que vive en Australia; todos son iguales. Todos valen lo mismo, todos tienen los mismos derechos que incluso tiene el Presidente Trump o la reina de Inglaterra. Pero parece que no lo vemos, que estamos de verdad comprometidos a creer que las muertes y el sufrimiento de los niños y niñas en éste planeta es sólo un efecto colateral más.

Y quizá sentado en donde quiera que usted esté, se lamenta que los niños y niñas tengan que sufrir de ésta manera pero a la vez también se lamenta no saber qué puede hacer, ¿qué está en sus manos para cambiar la situación? Lo cierto es que ni usted ni yo somos dirigentes de las potencias mundiales ni manejamos las situaciones que de ser arregladas podrían ayudar a mitigar el dolor de los niños, pero algo que sí podemos hacer es ser, como lo propuso alguna vez Vania Vargas, una pequeña resistencia.

¿Y qué significa ser una pequeña resistencia? Significa conducirnos respetuosamente hacia los niños, tratarlos como seres humanos reales y no como extensiones nuestras. Enseñarles cuáles son sus derechos y guiarlos para que puedan cumplir con sus obligaciones. Y que se entienda que debemos comenzar por lo que está mas cerca de nosotros: los hijos, sobrinos, primos, nietos; hágalo y va a darse cuenta de cómo incluso dentro de nuestras casas los niños no saben qué pueden esperar del mundo. Los niños y las niñas necesitan dejar de ignorar sus derechos y nosotros como adultos necesitamos comenzar a velar por que se les cumplan.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo