El abismo que existe entre las clases, el machismo, la discriminación racial, la religiosa, la confrontación política que ha logrado dividir a países antiquísimos en dos porciones antagónicas (véase EE.UU. o Reino Unido)… todos estos problemas se ven reducidos a tres palabras: no hay igualdad; y este mundo globalizado en el que la difusión masiva de mensajes está en la palma de la mano de casi cualquier persona se ha encargado de orquestar movimientos para borrar las dos primeras palabras del problema general. Todo suena muy bien, ¿no? La cuestión es que muchas de estas campañas han defendido la igualdad con acciones que van en contra de… ¡la propia igualdad!

La igualdad no es igual para todos.

El año pasado fui a tramitar mi DPI (para el que aún no lo conozca, viendo cómo van las cosas con el RENAP, este es el documento de identidad que sustituyó a la cédula; es de plástico, celeste y con tu foto en blanco y negro) y mientras hacía fila me fijé en un cartel informativo sobre los cambios que se habían hecho en tal documento. Comunidad lingüística y etnia serían incluidas en los datos personales del portador.

Después de un rato, cuando por fin pude pasar a la mesa de trámite, quien atendía me puso a llenar una hoja de datos. –“No hace falta que llene la parte de lengua y etnia”. Me pareció extraño, porque en el anuncio que estaba afuera explicaba que eran las novedades de ese documento cuya existencia aún no ha sido demostrada para muchos.

Un par de meses después me entregaron mi plastiquito. La foto no me satisfacía del todo, pero me daba igual. Le di la vuelta y, donde deberían ir los datos étnicos, había un gran vacío. Ni castellano ni ladino. ¿Qué era yo, pues?

En un fracaso absoluto por intentar dar mayor importancia a la diversidad cultural y lingüística de Guatemala, esas ilustres mentes que ingeniaron la idea cayeron en otro acto en contra de la igualdad. O los ladinos no valemos lo suficiente como para que escriban nuestro grupo y nuestra lengua materna en nuestro carné de identidad, o las personas de origen maya, xinca o garífuna son tan raras que es mejor especificar “lo que son” y lo que hablan. La verdad es que me suena más (más fea y más probable) la segunda.

La historia ya se va quedando vieja, pero la recordé cuando el pasado domingo abrí uno de los periódicos más importantes del país y aparecía la foto de un bombero de Nahualá que trabajará vistiendo su traje típico. “Un ejemplo contra la discriminación” titulaba ese diario; “orgulloso de vestir la indumentaria de su pueblo” decía el portal web de un canal privado de televisión.

A partir de ahora podría ser la excusa de muchos alumnos de colegios de todo el país para no utilizar el uniforme de la institución. “Perdóneme maestra, pero estoy luchando contra la discriminación y estoy orgulloso de portar el traje típico de los ladinos: el jeans”.

Una institución como los Bomberos Voluntarios ha de tener un código de trabajo, y este incluye el uso del uniforme, no solo por formalidad, sino por utilidad. Decir que ver a este hombre llevar ropa distinta a la del resto de sus compañeros, que sí llevan el atuendo de los apagafuegos, es una forma de igualdad es no haber comprendido en primaria los signos matemáticos. La nota dice que solo se verá obligado a usar el uniforme en caso de incendio, pero ¿y si tiene que hacer otro tipo de rescate? ¿No están hechos los uniformes de bombero precisamente para esas situaciones?

A lo mejor me perdí una revolución conceptual o algo parecido mientras dormía, pero igualdad no es ni excluir a un grupo en las formas de organización de un país, ni permitir que alguien se salte las normas, ¿o sí?  Que me los respondan en el Huffington Post.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo