Esta frase se le atribuye a Napoleón, aunque también a Julio César y a Sun Tzu en su libro “El arte de la guerra”. 

Su aplicación en la práctica es simple, mas no sencilla: fomentar la división entre los enemigos a vencer para evitar la unión de éstos, debilitando así su posición, al generar conflictos y evitar acuerdos.

¿Quién es el enemigo a vencer? Todos los que no somos socialistas, los empresarios, los estudiosos de las leyes, los que buscan construir un estado de derecho.  También incluye a los corruptos que quieren que todo siga igual.

Cae de su peso quiénes son los que nos quieren vencer: los socialistas, que se oponen a las empresas, que son estudiosos de las leyes pero las adaptan, tuercen y tergiversan a su sabor y antojo.  También los que se favorecen con la desestabilidad, pues se aprovechan de la coyuntura.  Al final del día, el nombre del juego socialista es dinero y poder. Poder y dinero.  Ese círculo vicioso horrendo, que destruye, aniquila a quien se opone, corrompe, viola derechos, incrementa la pobreza, el subdesarrollo y la ignorancia. 

Un claro ejemplo es la propuesta de reformas al sector justicia. Ha desatado pasiones a todo nivel.  Están aquellos que lo apoyan por las razones descritas en el párrafo anterior, y aquellos que nos oponemos “a capa y espada”.  Esto ha dividido el país, radicalmente, generando más división, odio, racismo, insultos a diestra y siniestra, a todo nivel, en todo lugar, a toda hora.

El enemigo a vencer también se llama República.  Los que quieren vencerlo son los socialistas que nunca han logrado un éxito mínimo vía elecciones.  En el 2015, la suma de cinco partidos de izquierda alcanzó el 3.6% del voto popular, equivalentes a 175,907 votos.  En las recientes elecciones del Colegio de Abogados y Notarios, el candidato de Semilla quedó en la cola.  Nuevamente se evidencia este rechazo total. Como dice Gloria Álvarez, “si el socialismo es tan bueno, ¿por qué necesita imponerse por la fuerza?”  Obviamente, no se impone por el voto popular.

El enemigo a vencer también se llama libertad. Un estado centralizado, todopoderoso, que decide por todos aduciendo que son beneficios para la mayoría y se olvida de la minoría más pequeña: el individuo. Los socialistas se visten de defensores de las minorías: mujeres, indígenas, derechos humanos, ambientalistas, homosexuales/LGTBI, pro aborto, etc.  Consiguen dinero para defender a estas minorías, volviéndolos  esclavos de las dádivas que reciben, mientras los dirigentes viven a sus anchas, viajando, bien alimentados, con todas las comodidades que el dinero puede comprar. 

Ricardo Flores Asturias se refirió a ellos recientemente: los marxistas trasnochados que siguen pensando que los países comunistas son un paraíso y que, siguiendo consignas internacionales, o por iniciativa propia, hacen de todo para engañar a la gente con promesas de un paraíso que, hasta donde hemos visto, no existe en ningún país que haya implementado por décadas lo que ellos, tan profusamente, propugnan

No convencen, pues cada vez más se evidencia que los beneficios que buscan son sólo para quienes promueven el sistema.  El resto, pues vive como los venezolanos, ecuatorianos, brasileños, bolivianos: pobres, subdesarrollados, ignorantes, aislados.

“Solo los muertos conocen el final de la guerra”, dijo Jorge Santayana (aunque Douglas MacArthur se lo atribuyó a Platón).  ¡Nos vemos en la lucha!

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo