Un cuarto para la medianoche en el Bar “Las Américas”. Cuba y las Guayanas se retiraron dejando atrás unos cuantos vasos de Roncola vacíos. Ya era tarde para ellos y nada pintaban en esa cantina en la que solo quedaba una legión de naciones engañadas que sufrían por el hombre que les rompió el corazón y la cartera, y que alimentó su corrupción. Marcelo Odebrecht se convirtió en el donjuán brasilero que conquistó y abandonó a media América Latina.
Al fondo, en una esquina oscura, la más fastidiada de todas, Brasil, intentaba ahogarse en algo que definitivamente no eran caipiriñas. Ni lo poco que queda para Carnaval logra alegrar a esta chica que creía que lo peor del amor lo había conocido con Petrobras; un amor que le llevó a enfrentarse a sus propios ídolos, Lula y Dilma, y que bajo el nombre de Lava Jato terminó por enredar al “bueno” de Marcelo. Lo que más le duele es que no lo hizo solo, sino que con su amigo Andrade Gutiérrez, el chico pobre de Minas Gerais que se ligó a la industria de la construcción para salir adelante.
Aunque siempre se ha peleado con Brasil por tener la atención del “guapo” del fútbol, Argentina no podía hacer otra cosa que compartir mesa, penas y tragos con la carioca. Se pasó del tango al fado, y entre sollozos y gemidos de su compañera intentaba explicarse cómo Gustavo Arribas, jefe de la Agencia Federal de Inteligencia, podría estar junto a los Kirchner, que después de mimarla y antes de botarla la dejaron pelada de Jujuy a Santa Cruz.
Colombia, Venezuela y Perú aún no saben por dónde les entró, ni mucho menos cómo las abandonó. Podían no parecer las más guapas, pero sin pecar de fáciles lo hicieron de inocentes. Si los políticos venezolanos sentían que ese brillo negro en los ojos de su economía se iba perdiendo (sí, hablo del petróleo) y que mientras el pueblo les pedía estabilidad ellos ya solo eran capaces de darles inflación, seguramente decidieron cambiar de aires y buscar satisfacción en los brazos del casanova brasileño, quien tiene al dinero no como un poderoso caballero sino como su fiel escudero.
Qué decir de la pobre de Lima, que parecía convertirse en un nuevo modelo de mujer independiente; o de Colombia, que si esto sale mal, ni las joyas del Nobel le podrán contentar.
En la barra estaban tres más que acostumbradas a visitar el “Las Américas” tras verdaderas catástrofes amorosas. La pequeña El Salvador tenía la mirada fija en el menú que Estados Unidos, gerente del lugar, preparaba para el día siguiente, al mismo tiempo que intentaba recordar si Funes, el posible amigo de Marcelo, le había dejado suficientes caras de George Washington en el bolsillo, antes de irse para Nicaragua, para pagar las tres o cuatro (o cinco) rondas que llevaba.
Junto a ella, la siempre segura de sí misma México, no sabiendo si beber para olvidar a Odebrecht o para aguantar al ocupante del despacho en el Distrito de Columbia que cada día encuentra la manera de posarse sobre ella.
Guatemala, la pobre, tiene tantos asuntos internos que el mareo la hace casi insensible ante esta situación. Ni siquiera saber que solo es una parte de un triángulo amoroso formado junto a Marcelo y República Dominicana le quita el sueño más de lo que casos como La Línea, Cooptación del Estado o los recientes líos de la magistrada de la CSJ, Blanca Stalling, lo hacen. Por cierto, la ex vicepresidenta Roxana Baldetti parece la Sylvester Stallone guatemalteca, guisando películas para protagonizarlas ella misma; el drama amoroso de Odebrecht no iba a ser la excepción.
El barman Suiza se puso a limpiar las copas de todos. Como buen camarero de la barra, escuchó a cada uno de los clientes. En su mente se empezaron a estructurar las historias, pues si bien por la noche estaba acostumbrado a recibir a estos curiosos personajes, durante el día, sobre todo a la hora del desayuno, servía cafés, galletas y churros para empresarios y gobiernos europeos, abogados luxemburgueses y banqueros andorranos. Se sabía todos los detalles, y conocía secretos de gente que ni siquiera sabía que los había revelado. Algún día le tocará decir todo lo que sabe, y tanto conocimiento le obligará a mediar.
Estaba guardando la botella de JB cuando sonó la campana de la puerta. Eran las dos de la mañana, tarde para recibir nuevos clientes en horas de cantina, pero temprano como para ponerse a servir espressos y tazas de té negro. Cruzó la puerta Panamá, a quien Odebrecht “atacó” a través de un viejo amor fallido: Mossack Fonseca.
No es una buena noche para olvidar penas de ese tipo la del 13 de febrero. Pregúntenle a Barney Stinson si no.

 

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