Todos hemos pasado por ese momento en nuestra vida en el cuál, después de pasar horas platicando sobre un tema, nos quedamos atónitos de escuchar una declaración sobre el problema que una familia tuvo en determinada temática. Yo he estado ahí, he escuchado la historia de la mamá que se calla la violación de una hija por parte de su papá o padrastro. He escuchado al abuelo que sigue engendrando para agrandar el árbol familiar con sus hijas o nietas. He escuchado de los hijos que tienen heridas fatales en el cuerpo por los padres que los agreden. He escuchado eso y más.

Cuando escucho éstas historias fatales, no sólo de personas a quienes las han lastimado sino de personas que no saben que las están lastimando, me da por considerar cuándo fue la última vez que se podía confiar en el seno familiar para la transmisión del conocimiento sobre derechos humanos. Quiero decir que, ¿Cuándo fue la ultima vez en que todavía podíamos confiar en que papá y mamá iban a enseñarle a los hijos sobre sus derechos y obligaciones? Que les iban a decir, por ejemplo, que todos los seres humanos son libres e iguales, con conciencia y razón; además merecedores de respeto.

Últimamente las noticias parecieran metralletas para el corazón y la razón también. Un padrastro que golpea hasta la muerte a un ser indefenso porque de accidente le quebró la pantalla del celular. Un casa repleta de niñas explotadas sexualmente que es allanada y que cuando se investiga, los papás estaban conscientes de la situación de sus hijas. Fetos y bebés encontrados por doquier, en condiciones realmente inconsiderables. Mujeres que aún no experimentan una libertad real, hombres que son víctimas de engaños por su falta de educación y que son privados de sus derechos más básicos… lo cierto es que cuando terminamos de leer los titulares, queremos pellizcarnos y decir: ¿esto es real o estoy leyendo el diario en una de mis pesadillas?

Sin duda los derechos humanos han ido poco a poco quedando más obsoletos. Lo peor, es que es la familia el factor que más se ha devaluado. No es como si pudiésemos confiar en su seno para facilitar el proceso de concientización e información de éstos derechos. En último caso, lo que está haciendo la familia por nosotros en éste sentido es echándonos en cara lo mal que hemos hecho en dejar de darle valor a nuestros derechos.

Y que quede claro que no se trata de sólo de hacerle saber a las personas que los derechos humanos existen, hay que enseñarles a que los aprecien, memoricen, construyan, defiendan y practiquen. No nos sirve hablar sin que nos entiendan, confiar en que alguien más lo hará o asumir que el otro ya sabe lo que merece. Diariamente y frente a nuestras narices están ocurriendo atrocidades fatales, no podemos voltear más la cara. Desde donde quiera que estemos, es nuestro momento de actuar. Nuestra familia, por ejemplo, es un buen lugar para empezar.

 

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