“La enseñanza es más que impartir conocimiento, es inspirar el cambio. El aprendizaje es más que absorber hechos, es adquirir entendimiento.”                                                         William Arthur Ward.

Resolver el dilema de la educación nacional es una tarea compleja. Los retos Involucrados se extienden desde la infraestructura física; el material didáctico; los contenidos curriculares;  la metodología aplicada a estos contenidos curriculares; el estado físico, anímico e intelectual de los estudiantes;  y sobre todas los elementos que contribuyen al proceso de aprendizaje enseñanza, el docente es el eje esencial.

El privilegio de ser docente es indescriptible; compartir el momento preciso cuando el aprendizaje se afianza en el estudiante es invaluable. El observar cómo se construye el conocimiento enriquece la vida propia,  y por ende, la experiencia docente, que es la comunidad  del aula en compañía de otros alumnos.

A raíz de la clausura de magisterio de primaria en las escuelas normales, la formación inicial docente de primaria se trasladó a  las universidades. La formación de docentes de pre primaria continua a nivel de diversificado, habiendo opciones universitarias para continuar la profesionalización de los docentes.  Los docentes del nivel de secundaria, deben contar con un Profesorado a Nivel Medio para impartir sus asignaturas. No es suficiente haber optado a algún grado superior en la disciplina profesional, como por ejemplo una licenciatura o ingeniería; es necesario contar el conocimiento de la pedagogía y el uso en el aula.

El docente es el modelo, el ejemplo por excelencia, para los alumnos. Sus hábitos, sus actitudes, su lenguaje, el respeto que demuestra hacia el par, además de las cualidades académicas y profesionales, forman para de un aprendizaje sutil que instintivamente comprende el alumno mientras se convive en el aula. La inteligencia emocional del docente templa la paciencia y sabiduría necesarias para forjar la ruta perfecta de cada alumno; la unicidad del ser no permite un encierre dentro de un estándar que no reconoce sus talentos individuales, y esa percepción del maestro de los talentos es el estandarte del docente sobresaliente, el que promueve el crecimiento en sus alumnos.

Las herramientas necesarias para el acompañamiento en el crecimiento académico integral, en la actualidad, son variadas; la tecnología en todos sus aspectos es imprescindible; el trabajo colaborativo, modalidad de la educación personalizada que pareciera ser no coherente con desarrollo individual, pero si, trabajar en grupo  fortalece el desarrollo individual el en reconocimiento y respeto de los dones de los demás; la experimentación que induce a la investigación y el error, herramientas indispensables para el aprendizaje, pues los pasos equivocados demuestran los pasos correctos.  Todo esto parte del quehacer docente.

La formación inicial docente tradicional, incluyendo la presente, sigue las pautas de siglos atrás. Se instruye a los estudiantes; se prefiere su orden físico, en filas derechas y con reacciones a los timbres de horarios; pruebas periódicas, escritas y ciertamente memorísticas. La actualización docente para los profesionales que están en servicio, introducen nuevas pautas, sin poder modificar las paradigmas aprehendidas desde la formación inicial.  El urgente cambio en los resultados de los aprendizajes no se puede dar si las estrategias de compartir el conocimiento no se modifican.

El dilema educativo nacional no se puede resolver a corto plazo. Las exigencias vitales del siglo veintiuno no son respondidas por la enseñanza del siglo veinte, con suerte, hasta de las metodologías del siglo diecinueve aún en uso.  Los profesionales que se forman en la docencia deben ser estudiantes rigurosos y constantes en pedagogía, las tendencias mundiales, en comprensión de la persona, en el desarrollo de virtudes de excelencia humana.

Después de una formación inicial en la cual que se debe combinar teoría con práctica, es necesaria una acreditación periódica para asegurar un perfeccionamiento constante de las metodologías implementadas , no solo de acuerdo con las exigencias de participación en el mundo del siglo veintiuno, también con la visión individual del docente, pues su vocación sui generis es  la que le impulsa para alcanzar ese momento exacto de conocimiento en sus pupilos.

El cambio es urgente; los formadores de los formadores deben, valga la redundancia, reformularse permanentemente. Una visión amplia y flexible es imperativa; resultados nuevos solo pueden venir de iniciativas nuevas. Caduca está la metodología tradicional; las destrezas del siglo veintiuno, las destrezas suaves comprenden el futuro. Los docentes de ese futuro deben dominarlas; los formadores de formadores, atención, la nueva ciudadanía requiere nuevos aprendizajes.

 

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