Mientras muchos de los guatemaltecos observamos preocupados los procesos reformatorios de nuestra Constitución, impotentes ante la falta de diálogo, nuestros diputados, de lo más desinteresados, salen a medias de tal labor legislativa.
Claro, no son todos los diputados. Si no fuera por denuncias de algunos de ellos, como la que hizo Luis Pedro Álvarez de la falta de conocimiento que se les imponía al no poner a su disposición las enmiendas del Proyecto de Reformas, ni nos enteramos que, efectivamente, hay otros congresistas que firman enmiendas antes de ponerlas a votación, que las mismas enmiendas no son más que correcciones a mano, que cuando a los demás por fin les llegan las enmiendas, estas son reemplazadas con presteza.
Y es que precisamente porque estamos hablando de la Constitución Política de la República, nuestros representantes deberían tomarse con seriedad el asunto. Pero, ¿romper quórum para evitar la discusión? No es más que un berrinche infantil para evitar oír al otro. Lo importante no es solamente qué vaya a pasar con la Constitución. Es que lo que pase fortalezca el sistema de justicia en pro de la libertad y la vida. Y las actitudes de algunos de los congresistas parece no atender precisamente a eso.
Otros congresistas han sido vistos más ocupados de sus teléfonos celulares que de la labor para la que se les paga. De nuevo, qué difícil quedarse de brazos cruzados esperando a que se reforme nuestra constitución a gusto y antojo de unos pocos.
Ideológicamente, la Propuesta de Reformas no ha cumplido con la labor de una constitución verdaderamente funcional: limitar al gobierno. Muchas de las propuestas ni siquiera toman en cuenta al sistema de pesos y contrapesos que debería respetarse entre los tres organismos del Estado.
De ahí que la negativa a establecer un Antejuicio útil y responsable, o eliminar las politizadas comisiones de postulación han sido cosas a las que el Congreso se ha mostrado resistente.
Por último, y como ya he dicho en ocasiones anteriores, la falta de diálogo con otros sectores es un detrimento al proceso.
No podemos permitir que una reforma sea un proceso exprés, mucho menos un chapuz que destroce la arquitectura jurídica que hoy buscamos fortalecer.
República es ajena a la opinión expresada en este artículo