Desde Holanda, con furia y determinación, un grupo de asesinos vestidos con los mismos argumentos de siempre (“derechos de la mujer”, “procedimientos médicos seguros”) pretendía violar el artículo 3 de nuestra Constitución y masacrar al futuro del país: fetos, que son personas desde el momento de su concepción (¡Increíble que algunos nieguen lo que es!).

Pero este país le ha puesto un alto a una tragedia que esperaba a tan solo 12 millas del Puerto San José. El buque, que ya había llevado a cabo sus operaciones seguras (mejor dicho, muertes seguras) en España, Portugal, Irlanda y Polonia, creía que Guatemala, un pequeño país del tercer mundo, sería presa fácil. Se equivocaron. Aquí no respaldamos el exterminio de inocentes, ni a las 10 semanas de vida ni a los 90 años. Aplaudo al ejército y a nuestros diputados. No siempre hacemos las cosas bien, pero esta vez hemos vuelto a demostrar que Guatemala no es presa fácil de esas ideas egoístas de exterminio, mal intencionadas e interesadas que sí han manipulado a los países “del primer mundo”; países exitosos económica y políticamente, pero que fallan en lo más básico: defender la vida desde el momento de su concepción.

Guatemaltecos y guatemaltecas, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, religiosos y ateos, ¡hemos ganado una batalla más por la vida! Y lo seguiremos haciendo, aunque nos llamen “ultraconservadores”, “retrógradas”, “machistas” y de mil maneras más. No nos importa, porque la vida vale más que mil insultos, mala fama y “reportajes periodísticos” en contra de los derechos humanos. Porque defender la vida no es cuestión de religión, política, ideología ni estatus social. Defender la vida está en nuestra naturaleza. Toda vida cuenta, toda vida es importante. Somos la vida que damos.

Ahora que ya hemos debatido este tema una infinidad de veces y tenemos el horizonte claro (persona es persona, dentro del seno materno y fuera) centremos el debate en el futuro; busquemos, juntos, soluciones para mejorar las condiciones de vida de los niños guatemaltecos. Usemos nuestro intelecto, recursos y talentos para mejorar los hogares para niños huérfanos o no deseados y para hacer más eficaz el mismo proceso de adopción, por ejemplo.

Dejemos de perder el tiempo decidiendo si matamos o no, porque la respuesta está clara: no somos asesinos de futuros, ni dueños de la vida ajena.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo