“La escuela de calidad es la que promueve el progreso de sus estudiantes en una amplia gama de logros intelectuales, sociales, morales y emocionales, teniendo en cuenta su nivel socioeconómico, su medio familiar y su aprendizaje previo. Un sistema escolar eficaz es el que maximiza la capacidad de las escuelas para alcanzar esos resultados”.

-John Mortimer (1923-2009)

A menudo oímos que mejorar la educación debe ser una de las prioridades en Guatemala y que el gobierno debe dedicar más esfuerzos y recursos a la misma. Pero ¿qué es lo que hay que mejorar?  ¿La cobertura? ¿La calidad? ¿Los días de asistencia a clase? ¿Los materiales y útiles que utilizan los estudiantes? ¿La formación de los docentes? ¿La alimentación de los estudiantes? ¿La infraestructura de las escuelas? ¿La inclusión? Hay tantas áreas distintas en las que puede profundizarse que hablar solo de “educación” es muy ambiguo. Sin embargo, suena loable e importante hablar de “mejorar la educación”, pero debemos ahondar más en el tema.

Pudiera escribir respecto a la calidad educativa, un tema del cual se escuchan bastantes comentarios y para esto podría referirme a la definición que da la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE); fundada en 1961 y con sede en Paris; la OCDE está conformada por 34 países miembros y su misión es promover políticas que mejoren el bienestar económico y social de las personas alrededor del mundo. Esta organización define educación de calidad como aquella que “asegura a todos los jóvenes la adquisición de los conocimientos, capacidades destrezas y actitudes necesarias para equipararles para la vida adulta“. Pero tal como apunta la chilena Cintia Rivadeo en su artículo “Factores que determinan la calidad en los centros educativos”, no es lo mismo preparar para la vida adulta a jóvenes del área rural que a jóvenes que viven ciudades grandes y complejas.

Las circunstancias personales de cada individuo son distintas y asumir que mejorar la calidad es una actividad que aplica en forma pareja a todos es ilusorio. Pensar en “mejorar la calidad educativa” para un estudiante de uno de los grandes colegios privados de la capital en donde cuentan con diversidad de recursos es distinto a mejorar la calidad educativa en una escuela que sirve a una aldea rural y a la cual sus estudiantes tienen que caminar durante más de una hora atravesando montañas y ríos para acceder a ella.

Algunos conocemos algunas de las alarmantes estadísticas educativas oficiales: de los aproximadamente 10,000 docentes optantes a plaza para primaria, la calificación promedio en lectura fue de 49% y en Matemática 36% y sólo dos de cada 100 de estos docentes (es decir, 200 de los 10,000 que aplicaron) lograron obtener una puntuación de 60 puntos o más en la prueba de Matemática. La educación obligatoria según el artículo 74 de nuestra Constitución llega hasta el Ciclo Básico; sabemos que cuando los cerca de 235 mil estudiantes inscritos en Tercero Básico concluyen el Ciclo Básico, aproximadamente 192 mil (el 82%) no han logrado desarrollar las competencias requeridas para Matemática y sólo 34 mil (15%) demostraron tener las competencias mínimas de Lectura.

Nos alegramos cuando leemos noticias como la titulada “Primeros pasos del presunto Gobierno del cambio en Guatemala” publicada en el diario Prensa Latina de Cuba el año pasado, en la cual indicaba que nuestro actual gobierno fijó la educación como segunda prioridad (salud es la primera) y que contaría con “la asignación de todos los recursos al tema de educación como nunca había sucedido en la historia”. Un párrafo más abajo en la misma noticia lee que los cuatro rubros básicos que el gobierno fijó para la educación pública son “los útiles escolares, la valija didáctica para los maestros, el bono de gratuidad o de becas a personas de muy escasos recursos, y la refacción o merienda escolar”.

Pero al tener en mente algunas de las estadísticas educativas del país y recordarme que las mismas vienen en descenso desde hace varios años y luego de ver que el 66% de los estudiantes de nuevo ingreso a la Universidad de San Carlos (universidad que capta aproximadamente a la mitad de todos los nuevos estudiantes universitarios) obtuvo una calificación insatisfactoria en las pruebas de conocimiento de Matemática, me cuestiono si estos cuatro rubros son realmente los prioritarios.

Según el estudio “Así estamos enseñando matemáticas” publicado a inicios de este año por la Dirección General de Evaluación e Investigación Educativa – DIGEDUCA – del Ministerio de Educación, la situación actual de la enseñanza-aprendizaje de matemática es mala y está estancada en los años setenta y en vez de mejorar, ha ido empeorando. El mismo estudio subraya que los docentes no conocen el concepto matemático o desconocen la forma adecuada de enseñar.

El problema con buscar mejorar la calidad de la educación es que se requieren varias décadas para que el cambio se haga notar. Un cambio “rápido” fue el de Finlandia: a finales de los años ’70 calificaba como una de las más bajas en calidad educativa entre los países miembros de la OCDE y para el inicio del siglo XXI, apenas 30 años después, Finlandia obtuvo en educación mejores resultados que la mayoría de países, aun sobrepasando a Japón y a Corea del Sur. Treinta años sobrepasa siete veces más a los cuatro años que dura un período de gobierno en Guatemala. A los gobiernos de turno les trae más réditos políticos presentar resultados tangibles – cualesquiera que sean – dentro de su período de mandato, que enfocarse en soluciones de largo plazo. Por eso la gratuidad escolar, las refacciones, los útiles y las valijas didácticas presentan acciones visibles en el corto plazo, pero no ayudan a cambiar la situación del largo plazo. No niego que son importantes ni sugiero que no sean considerados; un estudiante hambriento o desnutrido no aprenderá igual que uno que goza de la adecuada nutrición. Sin embargo, me parecería atinado invertir en soluciones de largo plazo cuyos resultados se verán luego de concluido el período de gobierno. Para mejorar la calidad educativa, la formación docente debe ser prioridad, tal como lo señala la venezolana Xiomara Coromoto García de Toba en su artículo “Reflexiones sobre la calidad educativa en las escuelas”.

El Dr. W. Edward Deming (1900-1993) es reconocido mundialmente por haber inspirado el milagro económico japonés de la post guerra después de la Segunda Guerra Mundial, milagro que llevó a Japón a levantarse de las cenizas y llegar a convertirse en la segunda economía más grande del mundo. En una ocasión le preguntaron al Dr. Deming su definición de calidad y el sabiamente respondió “no me pregunten a mí, pregúntenle al cliente”. Los clientes del sistema educativo guatemalteco ya respondieron. Estos clientes son los estudiantes que año con año demuestran que no logran desarrollar las competencias básicas y están lejos de estar equipados para ser ciudadanos que puedan relacionar su aprendizaje con su contexto y aplicarlo en su vida para contribuir a formar una mejor sociedad. Los resultados de una mejor calidad educativa vendrán cuando los docentes se conviertan en verdaderos facilitadores del aprendizaje y guíen a sus estudiantes a convertirse en ciudadanos que aporten positivamente al país. Pero para esto habrá que dedicar esfuerzos y recursos a formar mejor a los nuevos docentes, actualizar a los actuales y lograr que, con el liderazgo de nuestro actual gobierno, la sociedad guatemalteca – convencida de esto – participe activamente en lograrlo.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo