He estado pensando en toda la saliva y el tiempo que gastamos diciéndonos cosas.  Repitiendo cosas, volviendo a decir lo que ya hemos dicho, como si decirlo más veces hiciera alguna diferencia, como si al decirlas algo cambiara. Le dedicamos mucho tiempo a las palabras, como estas que estoy escribiendo ahora.

Tal vez tenemos esa sensación de que las palabras pueden hacer cosas porque de hecho sí que pueden. Las palabras cambian a la gente, pueden crear seguridad o inseguridad, pueden abrir una sesión cuando el presidente dice que se abre la sesión, pueden cerrar un caso cuando el juez dice que el caso está cerrado. Pueden cambiarlo todo, o mucho al menos, incluso pueden hacer que el pasado, de algún modo, desaparezca, como cuando alguien dice “te perdono” y lo hace de verdad.

Tiene que ver con los llamados speech acts, concepto que debemos a Austin, o la función performativa del lenguaje, según la cual a veces el lenguaje no se limita a describir un hecho sino que por el mismo hecho de ser expresado realiza el acto. Por ejemplo, cuando decimos “te prometo”, estamos de hecho haciendo lo que decimos, y ese enunciado no puede medirse en términos de “verdad” o “falsedad”, el hecho de prometer se realiza en el instante mismo en el que se emite el enunciado, no se describe un hecho sino que se realiza una acción. Ocurre algo similar cuando se nombra a alguien, cuando la madre y el padre dicen: “te llamas Mateo”, el niño pasa a ser Mateo, y todo esto se ha realizado a través de simples palabras. O tal vez no tan simples.

Explica Leonardo Polo que, por esto mismo, la magia no es simplemente un error. “En su primera versión la magia se puede describir como el uso de la palabra como fuerza; es la atribución al lenguaje de un poder sobre la naturaleza. Y como eso en principio no es falso, la magia no es simplemente un error”. Los hechizos, esa creencia básica de que las palabras pueden hacer cosas, tal vez no sea tan tonta, tal vez haya una intuición muy buena ahí. Probablemente esas palabras “eficaces” no sean “abra cadabra” o “wingardium leviosa” , pero a lo mejor sí “perdón” o “te quiero”. Son palabras que cambian tanto a quien las escucha que probablemente podrían catalogarse como hechizos.

“La magia se desvirtúa más tarde, y se hace magia negra o magia humana; la forma antropológica de la magia, la sofística, la retórica, es el uso de la palabra como fuerza dominante de la psicología humana”. Por si alguien tenía duda de cómo algunos de nuestros políticos logran tanta adherencia, realmente es como magia… También esto ocurre cuando se usan los verbos efectivos (como prometer, perdonar, querer…) sin intención de realizar lo que se dice, es una forma perversa de usar el poder de las palabras y de hacer que cambien cosas en el otro sin intención de que cambien en nosotros mismos.

Finalmente, es interesante también cómo las palabras dicen cosas sin decir cosas. El lenguaje es elíptico, callamos más de lo que decimos. El lenguaje no puede decirlo todo, ni lo dice. Hay muchas cosas de las que no podemos hablar directamente, pues el lenguaje no tiene la capacidad de expresarlas. Por eso, el cuidado que hemos de tener con las palabras se extiende también al cuidado que hemos de tener con los silencios. No decir cosas en vano, pues las palabras cambian las cosas, ni callar cosas en vano, pues también los silencios cambian las cosas. Termino con unas, aquí vamos otra vez, palabras de T. S. Eliot en su precioso, aunque mal recibido, Miércoles de Ceniza: “Si se perdiera acaso la palabra perdida, si se gastara acaso la palabra gastada, Si se escuchara acaso y se dijera la palabra no dicha ni escuchada, aún seguiría siendo la palabra no dicha, la Palabra no escuchada, la Palabra sin palabra, la Palabra dentro del mundo y para el mundo”.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo