Lo inesperado, eso es lo único que se puede esperar de un viaje como este. Aún no amanece, así que antes de que lo haga el Sol, las luces del carro empiezan a iluminar el camino. El motor se oye tranquilo; los amortiguadores y los neumáticos parecen relajados, debe ser por la ignorancia sobre lo que les depara en las siguientes 11 horas.

La hora y la fecha se alían para mantener la carretera a San José Pinula despejada; cualquier otro martes antes de las 6 am el caos vial habría sido la forma de organización, y las motos habrían gobernado la carretera a fuerza de imprudencia y temeridad.

Ya en Carretera a El Salvador se vive una dinámica distinta; el límite marcado por el velocímetro es distinto al impuesto por las señales blancas. El Sol empieza a aportar sus pinceladas en tonos sepia al lienzo del paisaje oriental. El negro del suelo bien podría ser rojo y de terciopelo, hasta que… ¡plas! Golpe de realidad. Llegamos a Barberena.

De la Luna a la Tierra

Durante unos 70 kilómetros la vía se convierte en un simulador de desplazamiento sobre la Luna. Los cráteres, que no baches, parecen puestos a propósito. Normalmente las carreteras están hechas para bordear las montañas, aunque aquí, para no olvidar las costumbres de cuando los caminos eran cosas de romanos, o de chasquis, o de mensajeros mayas y nadie más, han plantado túmulos estilo Himalaya y permitido agujeros más grandes que el del Bólido de Cheliábinsk.

Cuando saqué la licencia de conducir, una de las pruebas era descender en eslalon por una cuesta de grava. En ese momento no entendía el porqué del reto, pero la travesía por Santa Rosa y Jutiapa me lo explicó: el estado natural de un carro que transita por ese tramo de la Panamericana es el movimiento en zigzag, y el material utilizado jamás será tan liso como el piedrín.

Un negocio redondo, un negocio sin forma

El suelo está en tan mal estado por el material que han utilizado. Si el cemento fuera realmente mejor que el asfalto, en el Primer Mundo los deportivos alemanes irían sobre una capa gris claro y no negra. Parece ser que alguien hizo un negocio muy rentable e hizo de la carretera una pared, que si fuera de una casa estaría llena de goteras y filtraciones de humedad.

Yendo por eso a lo que llaman, sin serlo, cinta asfáltica, rodeamos un área de descanso y de comedores que debería ser la parada de los viajeros del camino; algo así como los restaurantes de Tecpán hacia el otro lado del país. Un único sitio abierto, además de un banco. La visión del negociante que ideó este sitio se debió nublar por completo, aunque viendo los resultados, no sé si antes o después de la apertura. Quizá el problema es que no usó cemento para las calles internas…

Deseaba ver pronto un vacío como ese, aunque en realidad no lo creía posible, en Valle Nuevo. Si me preguntan dónde se ve reflejado el avance de un país, yo diría que en sus fronteras, y hacia ahí íbamos. Que Dios y los tipos de la Aduana y Migración nos amparen.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo