Quisiera escribir de otras cosas, de esas lejanas a la coyuntura nacional. Temas interesantes, o de pronto no, pero sí diferentes, distantes. Pero no puedo, pues sigo viendo a mi país enfrentado en una guerra interna, sin armas de las que usan balas. Hoy las armas son la mente, la voz, los textos.

Tuvimos otro horrible miércoles lleno de confrontación, gritos, acusaciones, insultos y, peor aún, varios días de violaciones a la ley. ¿Ya nada importa? ¿Cuántos miércoles más debemos vivir estas pesadillas? ¿Cuántas reuniones infructuosas? ¿Cuántas presiones habladas y escritas deben darse para ver si se llega a un acuerdo?

La respuesta no la sé. Quisiera encontrar la forma de poner un alto. Pero soy sola una voz diciendo ¡basta ya!

A mi criterio, después de cuatro meses de batallas en este año, queda más que claro que no es el momento para modificar la Constitución. Será necesario entablar un proceso de diálogo, como lo sugerí en mi columna de la semana pasada y en mi video que circuló esta semana. No importa si nos toma un año, o dos. Es fundamental que se haga bien hecho, pues reformar la Constitución no es algo trivial.

No sé si usted, que amablemente lee esto ahora, está feliz de ver tanta polarización, insultos, descalificaciones a quien piensa diferente, acusaciones de toda índole. Yo no. Pero, mal que bien, la vamos pasando. ¿Y todos los cientos de miles que no encuentran un trabajo porque no hay inversión? ¿Y ese cincuenta por ciento de niños desnutridos? ¿Y toda la corrupción horrible que aún impera en el país? El desarrollo de Guatemala está detenido porque estamos muy ocupados queriendo reformar, o frenar las reformas, a la Constitución.

Insisto, es más que obvio que no es el momento y qué hay mucho trabajo de análisis, reuniones y discusiones que hacer, antes de llegar al pleno del Congreso a decidir el futuro de nuestro país.

Ojalá toda esta locura se detenga. Así podré escribir sobre alguna nueva inversión que está generando empleos, o algún tema trivial, de esos que llenan los espacios en nuestra vida.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo