Sendas noticias nos han conmocionado a lo largo de estos primeros meses del año. Es imposible olvidar a las estudiantes atropelladas en la calzada San Juan, a las menores quemadas en el Hogar Virgen de la Asunción, o las emboscadas y crímenes ejecutados por pandilleros cuyas edades no superan los 16 años.

Cuando veo este tipo de casos, recuerdo a Guillermo Fernández, uno de los mejores maestros de periodismo que tuve a lo largo de 15 años que ejercí esa profesión. Él nos decía que “más allá de la noticia, es necesario ver a las personas”; nos insistía en que no debíamos olvidar al ser humano detrás del drama y no perder nuestra propia sensibilidad, aunque cubriéramos nota roja todos los días.

Ahora, fuera de una sala de redacción, veo que el consejo no aplica solamente a periodistas. Es una frase que debemos considerar como sociedad en general, pues a veces pasamos indiferentes ante quienes han vivido esos momentos dramáticos que después se convierten en noticias. También ocurre que nos convertimos en jueces, creemos que tenemos el derecho de arrojar la primera piedra y hasta confrontamos con violencia a los que tienen un criterio diferente al nuestro. 

Recordaba en estos días la frase de don Guillermo, luego de leer declaraciones de la madre de Brenda Domínguez, la niña que falleció por la gravedad de sus heridas tras ser arrollada durante la manifestación de estudiantes. Pensé en ese momento que es lamentable que se pierda una vida, pero hay un dolor detrás que trasciende y que no podemos olvidar: el que enfrentan las madres.

He ahí un drama que golpea, que nos sacude todos los días. No pude evitar pensar en todas las portadas que alguna vez vi en un diario popular, donde hay una madre estrechando con fuerza el cuerpo del hijo muerto, envuelto en una sábana. Recordé los titulares que reproducían una frase de la acongojada madre de una víctima de la violencia o de un accidente de tránsito…

¡Qué difícil es ser mamá en un país como Guatemala! Vemos sometida a la niñez y juventud por una serie de flagelos que no hemos podido enfrentar ante la falta de visión de largo plazo; no hemos tenido la capacidad de trabajar como una sola sociedad por absurdos protagonismos ideológicos, y hemos descuidado el concepto de familia.

“Trabajé para nunca le faltara nada”, dijo Ingrid Fabiola Domínguez, la madre de Brenda. No puedo siquiera imaginar cuán destrozado está su corazón ni el vacío cotidiano que le tocará vivir cada día desde que Brenda se fue.

Pero así es la violencia. Es una ola destructora que no termina su misión con la persona que muere, sino sigue, progresivamente, desvaneciendo ilusiones, rompiendo esperanzas y cultivando rencores.

¿Y hemos pensado también en las madres de los delincuentes? ¿Qué imagen nos formamos de la mamá del pandillero de 15 años que, a sangre fría, descarga un arma contra una persona inocente?

Estoy de acuerdo con que hay mujeres (y hombres) irresponsables que toman a la ligera la crianza de sus hijos, pero también existen algunas que se han vuelto víctimas de sus propios vástagos. En estos casos, no ven morir a sus hijos, pero los ven convertirse en monstruos insensibles que nada tienen ya del tierno bebé que alguna vez sostuvieron en brazos. El alma de una madre entregada se marchita de igual forma cuando le arrancan la vida a su hijo que cuando lo ve destruirse él mismo en vida.

No podemos permanecer insensibles ante esta realidad. No debemos olvidar a las mujeres que son víctimas colaterales de estos hechos y que quedan sin respuestas, sin atención y sin consuelo.

Si como sociedad o como Estado no hemos sido capaces de evitarles ese dolor a las madres, es una obligación darles justicia y muestras de respeto. Seguro, nada de lo que se haga les compensará la pérdida, pero sentirán que, al menos, alguien las escucha y comprende la pena que las embarga.

No, no es fácil ser madre guatemalteca, y es por ello que desde este espacio muestro mi admiración a las mujeres que han dicho sí a la maternidad. A cada mujer que, como la madre de Brenda, ha trabajado duro por sus hijos. A las mamás con las que tenemos una gran deuda como país, porque enfrentan la desnutrición, el desempleo, la falta de educación y la pobreza. Dios bendiga a todas las madres y ayude a este país a evitarles más dolor y penas.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo