Con los pies descalzos, el agua maloliente hasta los tobillos y con pala en mano Miguel amontona en una orilla arena de río hasta juntar, tras varias horas de trabajo, dos o tres metros cúbicos que luego vende a Q30 cada uno a negocios de materiales de construcción en Villa Nueva.

Está arropado con un viejo pantalón de lona celeste enrollado hasta las rodillas, una playera negra estampada con la bandera de Estados Unidos y las gotas de sudor escurren por las arrugas que ya empiezan a poblar su rostro con cada palada que da en un día gris que amenaza con terminar en lluvia.

Envases y bolsas plásticas, restos de ripio, pedazos de adobe, desechos orgánicos en descomposición  y la desembocadura de un drenaje que acarrea aguas residuales sin tratar conforman su entorno de trabajo.

Como él, un número no registrado de “paleros” obtiene ingresos económicos para sus familias en el río Villalobos que es el mayor contaminante del lago de Amatitlán.

“La cuenca del río Villalobos aporta más del 95% de agua al lago y el Pampumay, únicamente el 2.71 %”, afirma el estudio Estado de los ríos de la Cuenca del lago de Amatitlán, elaborado por Manuel Cano y que contiene mediciones de contaminación hasta el año pasado. Él es jefe de la División de Control y Calidad Ambiental de la Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca y el Lago de Amatitlán (AMSA).

El Villalobos “se caracteriza por ser una cuenca urbana con una alta densidad poblacional, superando los dos millones de habitantes” y el Pampumay “presenta características de cuenca rural con pocos poblados y baja variación en el uso del suelo, lo que permite contar con agua de buena a mediana calidad”, detalla el documento.

El crecimiento desordenado de la población de 14 municipios del departamento de Guatemala, la ausencia de una ley de ordenamiento territorial y de aguas, y la falta de voluntad política de las autoridades ediles y del Gobierno central para frenar la contaminación  impiden poner fin a este problema.

Y como consecuencia de ello materia orgánica y las aguas residuales depositadas en el lago han provocado que sus aguas, una vez cristalinas, luzcan un color verde, con mal olor debido a su estado eutrófico; es decir, ha llegado al límite de contaminación posible. Y, está a paso de convertirse en pantano.

Basureros ilegales

El Villalobos inicia su recorrido hasta el lago de Amatitlán a una altura de 1 mil 480 metros sobre el nivel del mar, su cuenca tiene una extensión de 61.7 kilómetros cuadrados y una longitud de 22 kilómetros.

Se forma en el kilómetro 12.5 de la ruta al Pacífico, donde se ubica el complejo de puentes, y con ese nombre se le conoce hasta su desembocadura en el lago de Amatitlán. Para 1978 el río Villalobos ya presentaba elevada contaminación de sólidos y altas concentraciones de plomo, fósforo, potasio, sodio y nitratos, entre otros, a raíz de descarga de aguas negras.

Las últimas mediciones evidencian que la su cuenca genera “2 mil 500 litros de aguas negras por segundo” que luego son depositadas “en su mayoría sin tratar” en el lago de Amatitlán, cuenta Amed Juárez, director de AMSA.

Pero esa es solo una de las formas de contaminación que genera este manto de agua. Al hacer un recorrido por sus márgenes es común encontrar basureros que son arrastrados al río durante el invierno. Se estima que hay más de 2 mil botaderos de basura clandestinos e ilegales a lo largo de su recorrido.

Lodos y arena

El asolvamiento del lago de Amatitlán es otro de los problemas que genera el Villalobos que acarrea al año 1.5 millones de toneladas de sedimento.

“El lago ha perdido del 2010 a la fecha, 11 hectáreas de terreno de superficie de agua, estamos hablando de 110 mil metros cuadrados de superficie porque el lago se está rellanando”, indica el director de AMSA.

La extracción de arena  “realizada inadecuadamente contribuye al aumento en el transporte de sedimentos”, indica una investigación del Viceministerio de Marina de la Defensa Nacional,  del 2015.

El Ministerio de Energía y Minas (MEM), reporta tres licencias para explotación de arena de río: en una en Villa Nueva, otra en Petapa y una más en Villa Canales. En tanto que en AMSA están registradas 9 operaciones mecanizadas. Y son estas las que representan una amenaza debido a que se utiliza maquinaria pesada para extracción.

El director de AMSA asegura que para evitar eso solo se autoriza extraer arena durante  el invierno y no en verano. “En el invierno hay acarreo de sedimentos en el cauce que se depositan en el lago. Entonces, la actividad de los areneros es beneficiosa porque nos están ayudando a extraer los sólidos que van a ir a rellenar el lago”, argumenta.

En la época seca, en cambio, esta actividad profundiza el lecho del río, erosiona las paredes y lo hace más grande. Sin embargo, la extracción no se detiene durante todo el año. Aunque si disminuye.

“El invierno trae la arena y en verano se acaba. Entonces, nos vamos a buscar trabajo en otro lado, por lo general nos contratan camioneros para sacar ripio. Con la recolección evitamos que se vaya al lago”, cuenta Roberto Isaías, de 53 años, mientras con el agua hasta las rodillas deja por un momento de cargar un camión blanco.

Él, que también es albañil, empieza a trabajar a las 4:00 de la mañana junto a otras siete personas y cada uno gana Q50 por cada jornada de trabajo. “Sacamos 3 o 4 camionadas al día” dice mientras regresa a sus labores porque sus compañeros le empiezan a reclamar que está desatendiendo su tarea. Entonces, vestido con una camisa roja y una pantaloneta negra, vuelve a sumergirse en la corriente turbia que murmura al desplazarse.

En ese instante del cielo gris empieza a precipitarse una tenue lluvia, que poco después arrecia, pero eso no es impedimento para ellos detengan su labor. A unos 900 metros de ahí  Miguel encorvado clava la pala, remueve su contenido en al agua para quitar el lodo y lo que queda lo sigue amontonando a la orilla del río.

Paliativos

Entre 2016 y lo que va del 2017  AMSA ha puesto a funcionar 11 plantas de tratamientos que estaban en desuso o trabajaban con baja eficiencia. Pero estos esfuerzos son insuficientes para evitar la contaminación de lago de Amatitlán.

“En total se estima que hay 150 plantas solo en Villa Nueva entre privadas y públicas, es el municipio que tal vez más plantas tiene, pero no todas están funcionando, algunas no funcionas, otras lo hacen con baja eficiencia entonces hay que hacerle arreglos para que puedan funcionar. Un 25% se estima que están funcionando bien”, señala el director de AMSA.

Luego cuenta que muchos desarrolladores hacen plantas de tratamiento solo para cumplir con las licencias de construcción o las mantienen en operación mientras venden las casas pero cuando las trasladan a los vecinos, estos ya no invierten en ellas y colapsan.

El funcionario concluye con un reproche al Congreso de la República: “Hoy no tenemos una ley de desechos sólidos, no tenemos una ley de aguas y de ordenamiento territorial,  de esa forma difícilmente se puede hacer algo”.

Entre extracción de arena, basureros y conexiones ilegales de aguas negras.