Un grupo de amigos (o conocidos) se reúne a ver un partido de fútbol y por cada seis espectadores aparecen seis alineaciones distintas y otras tantas formas de interpretar el reglamento que el árbitro aplica. Todos quisieran estar en el banquillo dirigiendo, o en el palco, tomando las decisiones administrativas. Algunos de esos amigos se licencian, otros sacan una ingeniería, uno se convierte en artista… y ninguno se formó para entrenador, mucho menos logró juntar la plata y los contactos necesarios para ser presidente de un club. Sin embargo, alcanzaron su sueño de controlar el juego desde una butaca. Y es que el fútbol nacional moderno no tiene a sus dirigentes a ras de campo, sino en asientos ascendentes, formación de hemiciclo y con un mercado de fichajes que arrancó nada más comenzar la temporada.

¿Cuál es la situación actual del fútbol guatemalteco? El dique seco. FIFA sancionó a la Federación Nacional, la Fedefut, porque la mayoría de miembros de su Asamblea General pretendió desconocer al Comité Regulador nombrado por la organización con sede en Suiza. Cual perro con el rabo entre las piernas, estos se retractaron, pero el daño ya estaba hecho y las condiciones de negociación habían cambiado. El Comité asumió la tarea de convocar elecciones, pero antes de eso debía aprobar los estatutos de FIFA. ¿El problema? Que estos chocan con la Ley Nacional del Deporte. ¿El problemón? La solución queda en manos del Congreso de la República (asientos ascendentes, en formación de hemiciclo).

Dijo el secretario general de Fedefut que el asunto es puramente político, y eso es verdad; hay 158 titiriteros moviendo los hilos que conducen a la salida de esta sanción. Sin embargo, las consecuencias no son políticas, sino deportivas. Estados Unidos tuvo a su generación perdida de escritores liderados por Hemingway, Faulkner y Steinbeck. Guatemala tiene ahora su generación perdida de futbolistas, encabezada por una selección Sub-20 que a punto de disputar el pre-mundial,  tuvo que deshacer las maletas y cancelar el vuelo marcado en sus billetes.

No importa si el jugador es muy bueno, porque solo aspira a ser llamado a un equipo que en realidad no existe. No importa si un club hizo la temporada de su historia y ganó la Liga Nacional, porque no hay competencia internacional a la cual asistir. Queda el consuelo de ver la Liga de Campeones por la tele (en televisión por cable, claro).

A lo mejor ese no es el único consuelo. Quizá podríamos ver esta situación como un período de catarsis. Los pobres resultados de la federación deportiva que más dinero recibe en el país, y la poca inclusión de las bases a la hora de tomar decisiones (solo dos municipios, de 17, son tomados en cuenta en la Asamblea Departamental de Guatemala) también se han visto cortados con esta sanción. Los clubes casi no explotan sus categorías inferiores, por lo que la Selección se nutre de academias privadas y de campamentos de temporada en el interior del país.

Los estadios se vacían, los clubes desaparecen (como Zacapa) o sufren un descenso económico (como Heredia) y el arribo a una Copa del Mundo no hace sino retrasarse. Este podría ser el momento de levantar desde los escombros a una Federación que mueve emociones fuertes, más negativas que positivas, en gran parte de la población.

Es verdad que habrá una generación perdida, pero a lo mejor logramos presenciar una generación fénix. Este pensamiento lo comparto con un gran jugador juvenil, quien yo sé que siempre ha soñado con llegar a la Sele, y aun sabiendo que es uno más de esos Faulkners o Steinbecks del fútbol nacional, espera una revolución que pueda traer resultados sorprendentes, como el Nobel de Dylan.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo