El caso UBER y la ira contra el éxito

“Siempre que en un sector hay una parte que quiere restringir la competencia, es decir, que quiere limitar las opciones del cliente (…) hay algún tipo de motivo de sospecha, porque si ofrece tan buen servicio a tan buen precio, no necesita limitar la competencia, lo que hace es competir y ganar a los rivales.” Juan Ramón Rallo autor de la frase, no podría haber explicado mejor el problema.

El economista se enfrentó recientemente en un debate televisado a Eduardo Martín, presidente de UNAUTO, y a su vez, del monopolio del taxi más dañino a los usuarios que existe en el mundo. Esto sucede hoy en España, y la defensa de gente como Martín es “la ley es la Ley y hay que cumplirla”. Recuerda a aquella frase arcaica de Dura Lex, Sed Lex (la Ley es dura, pero es la Ley). El problema es que en 2017, con un Derecho muchísimo más moderno, la ley no tiene que ser dura. Tiene que proteger los derechos de los ciudadanos.

Y esos mismos derechos comienzan en el principio de legalidad, por el cual se protege que se puede hacer todo lo que no esté prohibido por ley, en nuestro caso particular, establecido en el Artículo 5to de la Constitución Política de la República de Guatemala.

Y la Ley no prohíbe utilizar un carro que te pertenece para transportar gente por una tarifa baja.

Aún así, un gremio de taxistas busca obstaculizar el futuro del transporte de calidad en autos particulares. El mercado es difícil de entender por su complejidad, pero no lo es el hecho de que en un sistema de libre competencia, sobreviven quienes ofrecen el mejor servicio o producto, a mejor precio. Y quienes no mejoran su servicio (tiempo, seguridad, servicio al cliente), salen perjudicados porque su actividad nadie la quiere.

¿Qué tan lógico puede parecer que alguien que ofrece un servicio mediocre pida que a aquel exitoso que ha logrado establecer un sistema funcional, a un precio excelente y de calidad se le pongan obstáculos en el camino porque su servicio, que es mejor para el cliente, le afecta a él?

Ciertamente suena poco lógico. Y como las malas causas se defienden siempre con malos medios y por hombres malos, como decía Thomas Paine, la amenaza a la municipalidad es que si no se premia su mediocridad y falta de iniciativa, castigando a quienes han alcanzado el éxito (en nuestro caso a UBER) por medio de trabas legales, hoy inexistentes, se bloquearán calles a modo de protesta.

El otro problema fundamental es que estos hombres malos ni siquiera representan a todos los taxistas. Lo digo porque he utilizado el servicio de taxistas excelentes, con tarifas competitivas, tiempos excelentes y servicios muy seguros. Quienes no lo hacen, por supuesto que fracasarán contra UBER y contar los taxistas competitivos. Y es necesario que fracasen, porque el servicio está dirigido al cliente y no es necesario si ambas partes no se benefician del intercambio económico.

La diferencia con los taxistas buenos y UBER opuesto a esta gremial de taxistas mediocres, es que no necesitan leyes para sacarlos de la carrera. Que el mercado se encargue. Que los clientes se encarguen. Y que el crecimiento económico siga su curso.

Fréderic Bastiat decía: “nuestros adversarios creen que toda actividad no reglamentada ni subvencionada languidece hasta la aniquilación. Nosotros creemos lo contrario. La fe de aquellos está puesta en el legislador. La nuestra en la humanidad.”

En la humanidad y el progreso, porque un servicio de calidad seguro que representa progreso. Seguro que representa empleo y seguro que mantiene las manos corruptas del Estado fuera del comercio de los particulares que tienen la necesidad de transportarse y de transportar. Lo que está pasando no es más que la ira del fracaso contra el éxito. Ya es momento de apostarle al éxito, y elegir como consumidores lo que más nos conviene.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo