Los baches, la poca iluminación, la pésima señalización y, por supuesto, los tremendos agujeros en el concreto no son ninguna sorpresa para el guatemalteco que transita a diario por las estropeadas calles del país. El clima sí que lo es. Estamos comenzando la nueva era, aquella en la que los meses con etiquetas climáticas pasaron a la historia y el juego de adivinanzas está a la orden del día: en cualquier momento puede caerse el cielo así como podemos derretirnos del calor. Esa versatilidad (y por supuesto que aquí no solo hablo del clima) es típica en Guatemala.

Sin embargo, hay una tradición curiosa pero permanente. Y es que cuando es invierno (o sea, la nueva definición de invierno que tendremos que adaptar a nuestro diccionario del Siglo XXI – esa con días calurosos) el asfalto se encarga de recordárnoslo con sus recurrentes fallas geográficas al cuadrado. Así es. Si ya habíamos memorizado ese agujero gigante a media calle que llevaba ahí más de seis meses y que ya formaba parte del “hermoso paisaje”, ¡Ahora crecerá y cambiará de forma! Y lo mejor de todo es que nadie hará nada para impedirlo. ¿Excelente o no?

En este momento puedo nombrar al menos quince grandes fallas geográficas asfálticas de mi casa a la universidad (que no es un trayecto largo), al menos unas diez en todo Muxbal, veinte en la Carretera al Salvador, siete en la 20 calle, más de quince en Próceres…y podría seguir. ¡Y eso que he sido muy permisivo en mis conteos! Creo que me he acostumbrado al estado tan vergonzoso de nuestras calles que ya hay algunas fallas que paso por alto.

En fin, las llantas de mi carro lo saben bien: empezó el “invierno” y tocará manejar en zigzag y rebotar el doble de veces que de costumbre. Que empiece el juego. ¡Tan alegre que es manejar en Guate!

 

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