Siempre sé Batman. Seguramente habrás visto ya esta frase atribuida a Paulo Coelho. ¿Pero te has preguntado alguna vez que se requiere, bajo la máscara, para ser Batman?

Si quieres ser Batman, primero deberás aceptar un mundo sin religión, sin un poder superior de cualquier tipo. Segundo, deberás renunciar a cualquier código moral que tengas basado en la religión. Tercero, deberás aceptar que la realidad es absurda y que no estás aquí por un propósito ulterior. Cuarto, deberás aceptar que estás total y completamente sólo a la hora de determinar tu  destino.

La identidad y realidad de Batman son una construcción consciente y aceptada por el caballero oscuro, basada en la visión de Nietzsche –que Bruce abraza– sobre  la identidad y el poder. Nietzsche no cree que los humanos tengan almas que determinan quienes somos o en lo que nos convertiremos. Sostiene que no hay Dios ni vida después de la muerte –uno muere con su cuerpo. De hecho, uno es el cuerpo. Y la consciencia, mente, razón o facultad de identificar la realidad, es solamente una facultad del cuerpo para sobrevivir. Ni la biología ni la genética explica o determina lo que llamamos nuestra identidad. Quien uno es, es producto de como uno comprende su medio ambiente y como se crea a sí mismo dentro de ese medio ambiente. No hay un significado profundo o un propósito por el cual eres en tu vida. Lo que eres es la multiplicidad de identidades (a veces en conflicto) que vives, o en las que te conviertes a cada momento. Según Nietzsche la rutina diaria de nuestras vidas nos adormece, nos pone un velo de ignorancia que oculta la realidad y nos impide ver estas verdades, y esta falta de introspección limita y restringe nuestra acción. Batman, sin embargo, es capaz de levantar el velo y aceptar estas verdades.

La mayoría de nosotros sigue reglas sin cuestionarlas, y a veces, ni siquiera somos conscientes de que las seguimos. Y lo que es más, creamos reglas sin cuestionarnos por qué lo hacemos. El seguir estas reglas nos conduce, la mayoría de las veces inconscientemente, a la construcción de nuestra identidad personal.

De niño, Bruce Wayne sigue las reglas que otros han creado, protegiéndolo de la cruda realidad de Gotham, y gracias al amor de sus padres goza de una niñez sin problemas. Pero un día se vuelve una víctima de las circunstancias y el asesinato de sus padres lo confronta con la naturaleza viciosa y sin sentido del mundo en el que vive. El despertar ante esta realidad le lleva a perder toda fe en las reglas y en la sociedad civilizada. El velo de la ignorancia se ha levantado. Todo sentido ha abandonado su vida.

¿Qué harías tú en su situación? ¿Teniendo todos los medios financieros para dejar Gotham para siempre? ¿Te irías o te quedarías?

Bruce elige quedarse, decide dejar de tener miedo, decide crear su propio orden y reconstruirse física, mental y emocionalmente como Batman. Elige construir su identidad a partir de su deseo de sobrevivir y de poder –la voluntad de poder, como llama Nietzsche a este deseo. Elige cultivar y desarrollar las siguientes virtudes: la sensatez, el hábito de identificar la realidad, de razonar bien, de estar en contacto con la realidad, de no evadir, de evaluar y coordinar la acción acorde a los hechos –y la perfecciona al punto de llegar a desarrollar una mente estratégica, táctica, deductiva y abductiva, que lo hace el mejor detective del mundo, otro Sherlock Holmes; la valentía, que es la aplicación de la sensatez para enfrentarse con decisión y firmeza a los peligros, venciendo los temores o dudas ante aquello que es de temer; la serenidad, que es mantener la calma y tranquilidad al actuar, al no permitir que la emoción, la pasión o la exaltación interfieran con el buen juicio, con la sensatez, con el pensamiento correcto; la justicia que es sensatez en la evaluación y trato de otros individuos; la fortaleza que es la aplicación de la sensatez al fortalecimiento y vigorización del cuerpo –y se transforma en una corpulenta máquina de combate, dominando una diversidad de artes marciales.

También desarrolla la habilidad de darle la bienvenida a las cúspides más luminosas y a los fondos más profundos y oscuros de su vida individual. Abraza el amor fati –amor al destino– como lo plantea, poéticamente, Nietzsche en su teoría del eterno retorno:

“En verdad, jamás había visto nada parecido a lo que entonces vi allí. Un pastorcillo se retorcía en el suelo, anhelante y convulso, con la cara descompuesta: de su boca pendía una gran culebra negra.

¿Había visto yo jamás tal expresión de náusea y de pavor en un solo rostro humano? Quizá aquel pobre pastorcillo dormía cuando la culebra penetró en su garganta y se aferró a ella, mordiendo.

Con la mano tiré del reptil, tiré y tiré – ¡en vano! ¡No pude arrancarlo! Entonces se me escapó un grito: « ¡Muerde, muerde! »

« ¡Arráncale la cabeza, muérdele! », me gritaban mi horror, mi odio, mi asco y mi compasión. Todo cuanto en mí había, bueno y malo, gritaba en mí, con un único grito. … ¿Quién es el hombre cuya garganta ha de ser así atacada por las cosas más negras y más pesadas?

Pero el pastorcillo mordió, según le aconsejó mi grito, y mordió con todas sus fuerzas. Escupió lejos de sí la cabeza de la serpiente, y se puso en pie de un salto.

Ya no un pastor, ya no un hombre – ¡un transfigurado, un iluminado, reía! ¡Jamás rio tanto sobre la tierra hombre alguno!” [Friedrich Nietzsche. Así habló Zarathustra. “De la visión y del enigma”. Leipzig 1891.]

Nietzsche considera que la vida está llena de sufrimiento real (representada por la serpiente) y de alegría (representada por el triunfo del pastor al morder a la serpiente y su consecuente risa). La felicidad, para Nietzsche, consiste en la superación de obstáculos, la afirmación de poder. La mayoría de la gente solo cae en una existencia, duerme a lo largo de sus vidas, como el pastorcillo cuando lo muerde la serpiente. Pero un individuo que vive de acuerdo a la filosofía del eterno retorno de Nietzsche, que no cae en una existencia en la que la experiencia se promedia de acuerdo a los dictámenes de los otros, abraza tanto al sufrimiento como a la alegría. Éste ama la vida de tal manera que no lamenta ni desea evitar ni aún los momentos más dolorosos.  Se involucra en la vida, la experimenta tal cual es, en toda su diversidad, en toda su belleza y en todo su terror. Y al igual que nadie puede salvar al pastorcillo, sino sólo él mismo puede salvarse, cada uno de nosotros se salva a sí mismo y es el rector de su vida.

En el mundo de Batman, el murciélago, al igual que la serpiente en la visión, es el símbolo de todo lo aterrador, lo trágico y despiadado en la vida. Batman es capaz de aceptar,  abrazar y superar la desesperación que simboliza. Al igual que el pastorcillo de Nietzsche ha abrazado y superado a la serpiente, Batman ha abrazado y superado al murciélago.

¡Así que quieres ser Batman!

Si aceptas que tu identidad la construyes tú mismo, que tu propósito en la vida lo estableces tú mismo, que el orden de tu vida lo creas tú mismo, si aceptas completamente estos conceptos, tendrás el apuntalamiento filosófico para convertirte en Batman.

Pero, ¿podrás encarar al murciélago?

 

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