Con estas palabras, San Agustín nos confiesa como se produjo su conversión al cristianismo. En una ocasión, cuando meditaba profundamente sobre cómo entender el misterio de la santísima trinidad, Jesús en figura de niño se aproximó a él y dándole un pergamino que contenía la carta de san pablo a los romanos, pronunció aquella famosa frase: “Tolle, Legge”. Esta expresión latina significa, toma y lee.  Aparte de la consideración teológica del episodio, que no viene al caso, la expresión nos recuerda la importancia de la lectura para comprender y entender mejor el mundo que nos rodea.

He conversado con no pocas personas sobre el hábito de la lectura. Muchos de ellos comentan que no tienen el tiempo, el gusto, el interés o la disciplina de tomar un libro. Aun cuando es cierto que este particular interés puede y debe enseñarse desde muy temprano, también es cierto que es perfectamente posible desarrollarlo ya en la madurez. Lo importante es aplicar un método para iniciarnos en la afición.

Planteo de inicio un hecho irrefutable: todos tenemos gustos y aficiones particulares. Aun cuando no seamos lectores consumados, estoy seguro que frente a un texto que nos comenta, induce o explica algo de nuestro particular interés estaremos tentados a darle una consideración. Por allí hay entonces que comenzar. Toda una variada gama de textos, en todos los formatos posibles se nos abre a elección en la librería más cercana.

Seguidamente debemos enfrentar el reto del volumen. Muchos lectores en potencia se disuaden de emprender la lectura por el hecho de encontrarse ante un libro de gran tamaño. Mi consejo aquí es evitar sentir el compromiso de concluirlo en cierto tiempo; se lee lo que apetezca, ni más ni menos. Una buena lectura exigirá que le invirtamos más tiempo, quizá incluso sin que nos percatemos de ello. Todo a su propio ritmo.  

La fatiga temática suele también ser otro disuasivo. ¿A qué nos referimos con ello? Al hecho de sentir que nuestra atención ha estado consumida en un mismo tema por demasiado tiempo. Aquí lo que aconsejo es llevar más de una lectura al mismo tiempo. Esto nos provoca la ilusión de tomar el texto que toque dependiendo de nuestro estado de ánimo. Así que no hay que sentirse mal o poco consistente por el hecho de tener tres libros abiertos al mismo tiempo. Los libros son como los amigos que uno encuentra en el camino. Que da gusto dedicarles un tiempo a cada uno de ellos cuando corresponde.

Por último, abordemos el tema del tiempo. Nadie en su sano juicio admitirá que le sobra tiempo en su vida. Así que todos tendríamos excusa para no leer si esto fuera del todo cierto. La premisa de partida que propongo es admitir que aun cuando es probable que no se tenga tiempo, el tiempo para la lectura se hace. Es decir, si esperamos encontrar un espacio en nuestra agenda actual de seguro no la hallaremos. La estrategia consiste en reacomodar ciertos tiempos para dedicarlos a esos textos de nuestro interés. Los tiempos de espera, los tiempos previos a una actividad, los tiempos dedicados a la TV pueden ser reacondicionados de manera tal que seguramente podremos devorar unos pocos datos -pero interesantes de seguro- sin que en ello se nos vaya la vida. Esta estrategia de guerrilla, de asaltar los tiempos con lecturas para luego retomar nuestras agendas cotidianas, paga en el largo plazo.

Quiero concluir esta reflexión con dos pensamientos que me han acompañado siempre en mi faceta de lector. Una primera está asociada a las relaciones sociales. Hay un cierto gusto en encontrar en una conversación cualquiera un dato, una fecha, un nombre que uno ya ha llegado a él por virtud de la lectura; y hay todavía un placer mayor en poder contribuir con un dato aun no aportado en la conversación, también fruto de lo que se ha aprendido. En esto radica el poder de la cultura asociada los libros. Abrir puertas y lograr afinidades en el mundo de las relaciones sociales es el subproducto más valioso que da un hábito que probablemente se practica en soledad.

El segundo tiene que ver con una historia personal.  En las navidades de 1974 recibí un regalo de la abuelita. Aquello que imaginé era el juguete de moda, resultó ser un libro. El rostro de desilusión que debo haber puesto al abrir el envoltorio, motivó a mi querida abuela a decirme algo que nunca he olvidado: “acabo de regalarte la llave para que no vuelvas a aburrirte nunca más en tu vida”. No sé si en ese momento tuve el alcance de entender lo que me decía. Pero que tanta razón tenía ella. Con ese primer regalo y otros más que vinieron luego, pude confirmar su aseveración. Ese ha sido quizá uno de los mejores regalos de mi vida, y lo menos que puedo hacer es compartir esa filosofía de vida con quien hoy me lee. Espero haber podido pasar ese regalo también.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo