Los seres humanos nos hemos empeñado en hacer que “vivir” se convierta cada vez más en un acto ordinario. Me parece que desde hace años nos acostumbramos a vivir en modo automático, dejando que la rutina nos mate la conciencia cada día que pasa. O quizá, ya estamos en modo avión y nos hemos hecho a la idea de bloquear cualquier cosa que venga a nosotros con tal de no perder nuestro confort.

Es difícil despertar a la conciencia y lo es aún más cuando uno cree que es una persona buena, o al menos “lo suficientemente buena”. Pero hay que admitir que el hecho de vivir sin maldad no quiere decir que seamos buenos ni mucho más; yo por ejemplo llegué hasta mis 21 años creyendo que era una persona benévola hasta que me fijé en todas las cosas buenas que podría hacer y que no hago por un simple capricho: no querer ser consiente.

Quiero que hablemos acerca de la indiferencia que nos acecha diariamente. Nos ha pasado a todos: despertamos en modo automático: de la cama al baño, del baño al cuarto, del cuarto al comedor y de ahí tomamos camino a nuestros trabajos. Aquellos que tenemos la oportunidad de usar nuestro propio automóvil parecemos estar más blindados aún. Cuando uno vive en una burbuja en donde: olvidar el cargador del celular o haberse puesto una ropa incómoda son los peores problemas del día, es complicado darse cuenta de las necesidades que nos rodean. Mudar la vista de pantalla en pantalla las 24 horas del día, hace difícil que nos decidamos por levantar la vista a los otros seres humanos y que observemos qué hay a nuestro alrededor. Como cuesta abrir los ojos, apropiarnos de lo que nos rodea y ser consientes de ello.

Desde mi realidad, me gustaría compartirles las cosas que descubrí esta semana después de proponerme ser una conciencia despierta a donde quiera que fui. Vi cosas que no había visto por cuatro años (por qué sí, así de vieja es mi rutina) y me quedé asombrada de cuantas necesidades no suplidas nos envuelven diariamente sin que por al menos un momento pensemos en resolverlas.

Yo creía que como yo, todas las personas que visitaban un restaurante de comida rápida tenían la oportunidad de pedirse lo que quisieran y comer. Pensé, por mucho tiempo, que el camino de mi casa a mi trabajo estaba compuesto sólo de otros autos y árboles en el arriate. Nunca me fijé en todas las personas que aunque se desenvuelven diariamente en los mismos espacios que yo lo hago, no poseen las mismas capacidades que la mayoría. Y el problema es este: la gente que realmente nos necesita, siempre existe en silencio. Así que es todo un trabajo de amor abrir los ojos para notar que existen y que precisan cosas, aún cuando no están hablando ni pidiéndolas.

Esta semana, con su clima frío y lluvioso aprendí que no necesito tener 5 chumpas en mi clóset guardadas cuando de camino a casa encuentro por lo menos a tres personas que pudieron haberles dado un mejor uso. Solo reconsideremos por un momento, cuánta ropa tenemos ya con más de 6 meses sin usar y que aún así, en vez de servirle a otros, está estorbando en casa. Consideremos cuánta de la comida que se cocina diariamente en casa podría darle sustento a una persona que si bien no vamos a alimentar por el resto de su vida, ganaría mucha felicidad comiendo rico un tiempo de comida. No sabemos, de verdad que ni siquiera imaginamos, la manera en que podríamos cambiarle la vida a otro ser humano por haberle sonreído, por haberle hablado y preguntado cómo estaba, por haberle hecho saber que su existencia no es irrelevante.

No sé realmente si es por el clima que pone en relieve a tantas personas vulnerables o porque es mi conciencia que cambio de modo, pero me chocó de frente ver a tantas personas con necesidades rodeándome y que mi indiferencia fuera la única respuesta que tenía disponible. Así que para cambiar el color de las cosas, quise aprovechar este espacio para decirles que todos los días podemos hacer algo increíble por alguien más. Cada vez que salimos a la calle tenemos en nuestras manos la oportunidad de mejorar el día de cualquier persona que se cruce en nuestro camino y deberíamos de comenzar a hacerlo ¡ya! Guatemala es ahora mismo el perfecto escenario de personas que necesitan ayuda porque viven en la calle, porque sus hogares están siendo afectados por la lluvia o porque tienen alguna limitación en general.

Dar sin esperar nada cambio, compartir de lo que tengamos, abrir los ojos para ver a aquel que nos necesita, es algo que podemos empezar a hacer hoy. Mi invitación es para que podamos ser conciencias despiertas, seres humanos que enternecen su corazón al ver las necesidades del otro; hasta que poco a poco logremos entender, como dice una de las mejores personas que conozco, que hay un sentimiento de éxtasis que se experimenta cuando compartimos lo que tenemos con otro ser que no puede hacer nada más por nosotros que sonreírnos en agradecimiento. Y que conste que hay que dar lo mejor que tengamos, no lo que nos sobra ni lo que no nos servirá, así el éxtasis es más real.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo