*Por Lucy Ruiz

Debo confesarles que celebré mis 15 años enfundada en un vestido rosado, con sombrero y unos tacones gigantes, y que me dejaron los pies dormidos durante casi un mes. Cada vez que me encuentro una de esas fotos, me producen escalofríos, pero hay que asumir lo que se fue. Mi hermana, en cambio, solo tuvo que ataviarse con un vestido beige casi normal, asistir a la misa y luego se fue de viaje.

Tenía la esperanza de que mis cuatro sobrinas decidieran hacérnosla fácil y optar por regalo o viaje, pero no. La primera de ellas también quiso disfrazarse de princesa de cuento, con un gigantesco vestido y convivir durante unas cinco horas, tanto con sus más queridos parientes y amigos, como con algunas personas a quienes ni siquiera conoce.

Los papás, que por cierto tienen amigos que han seguido esa tradición, no podían quedarse atrás y por supuesto, la tía consentidora que soy, tuvo que involucrarse. A pesar de que hago todo por complacer a mi muy querida sobrina, no dejo de preguntarme: ¿Por qué hacer de un motivo de alegría una fuente de tortura? Claro que no me atreveré a pronunciar esa profana pregunta. Debo ser considerada y respetuosa con la manera de pensar y actuar de los demás, aunque son precisamente los sentimientos los que más se atropellan con estas celebraciones.

Esos “detallitos” que hay que sobrevivir

Las expectativas se convierten en grandes cargas, especialmente, cuando perteneces a la cada vez más devaluada clase socioeconómica media baja y tienes gustos de magnate. La lista de invitados es la primera condena a cumplir. El salón, la comida, el pastel y las bebidas nunca serán suficientes para poder incluir a todos los que hubieras querido invitar. Y en vez de pensar a quién complacer con el festejo, tendrás que seleccionar a quienes discriminar.

Pero incluso, los que serán convidados tendrán que pagar un precio. Y no hablo del regalo, sino del difícil silencio. No es raro que tengas que decirle a tu querido primo, que por favor no le cuente a su hermano, que también es tu primo pero no tan querido, lo alegre que estuvo la celebración.  Claro está que siempre te quedará darte auto excusas para aplacar tu conciencia: “De todas formas él tampoco me invitó cuando se graduó su hija, se casó su cuñado o fue la Primera Comunión de su nieta”. Eso te dará un respiro y hasta un sentimiento de dulce revancha.

Luego de darte cuenta que tu presupuesto alcanza solo para la tercera parte de lo que soñaste, habrá que hacer ajustes en la cantidad, en la calidad y hasta en la duración de todo el festejo. Pero eso sí, te las tienes que arreglar para que todos crean que todo está bien, empezando por la quinceañera, que te ve con ojos de pocos amigos, cuando le cambias de planes.

En vez de colocar el Candy Bar costoso de la revista, te conformarás con repartir bolsitas con dulces en cada mesa. Esto también previendo que algunos parientes alagartados, que no merecen libertad,  dejen a los más tímidos solo deseando.

El dilema del alcohol es aún más complicado. Si los reparten los meseros, deberás de encontrar algunos incorruptibles, que no accedan a los sobornos del tío que siempre se pasa de copas y suelta la lengua. Está también la opción de colocar botellas en las mesas, pero ese molesto tío, podría arreglárselas para pasar a “saludar” a sus vecinos, con tal de alcanzar su etílico objetivo. Es decir, estarás atrapado sin salida.

En cuanto a las rencillas entre familiares, amigos y vecinos, será mejor que no te des por enterado, porque de lo contrario, también tendrás que asignar mesas distantes a ese par de tías que no se pueden ver ni en pintura, y alejar lo más posible a tu cuñado que le debe a todos.

En fin, si no eres muy estoico, un festejo puede llevarte al hospital, al manicomio o la quiebra. Solo evita que la chica de rosa (fucsia, verde pálido, celeste o amarillo), en vez de sentirse halagada se sienta culpable por la bancarrota familiar. Al fin y al cabo la idea es celebrar.

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