*Por José Vicente Solórzano Aguilar

El otro día les comenté que suelo distraerme con las redes sociales. Me olvido de lo que estoy trabajando, apunto mi clave e ingreso al foro virtual hasta que el oportuno llamado de atención de mi jefe me regresa a la tarea. Acabo de hacerlo por enésima vez en lo que va de la tarde y lo que vi me hizo teclear estas líneas.

 

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Resulta que tengo un mi conocido –apenas nos habremos cruzado dos o tres veces en persona, de vez en cuando nos mandamos saludos a través de terceros– que suele mostrar a su familia a través de la pantalla de decenas de contactos. No pasa fin de semana sin que publique las salidas que él, su esposa y sus dos niños hacen al cine, el centro comercial y el zoológico. Ayer los vi sorbiendo sus cocacolas con pajillas, hoy están aplaudiendo al hijo mayor en los actos realizados en el auditorio de la escuela por el Día del Padre, y mañana retratarán al más pequeño cuando se acaba de manchar la nariz con la salsa de la hamburguesa o el helado que se le está derritiendo a toda prisa entre sus deditos. Me da no sé qué exponga a su esposa, todavía de buen ver, ante el novio de la secundaria que todavía la sueña, desea y anhela; también que se olvide de su privacidad y tenga que mostrar cada paso que den en la calle.

 

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Entiendo que se pregonen logros como la graduación de la universidad tras años de postergar la entrega de la tesis, o la invitación a un encuentro de cineastas latinoamericanos a realizarse en La Habana, pero nada de revelar el parto por cesárea que traerá al varón anhelado para asegurar la continuidad del apellido, o mostrar la herida que se acaban de abrir en el dedo pulgar de la mano derecha mientras cortaban las zanahorias para la ensalada. Es cierto que se obtienen los comentarios solidarios de los que son amigos de veras, pero tampoco hay que llevarlo a extremos de imprudencia y mal gusto. ¿Qué tal si mi enemigo mortal se entera de que estoy de cuerpo presente en el estreno de Wonder Woman y me espera a la salida de la función, listo para recetarme un par de cuentazos a la vista de Raimundo, Edmundo y todo el mundo?

 

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No oculto que pasé por mi etapa de “hacer algo y correr a mostrarlo”: me emocioné divulgando el hallazgo de varias rarezas bibliográficas (apenas recibí dos “me gustan” y sí, mi vanidad resultó herida); también se me ocurrió trazar el mapa virtual de mi salida de casa a la feria de la Cruz en Amatitlán. Ahora prefiero acercarme a los perfiles de mis músicos favoritos. Sé que las grandes firmas como Tony Iommi, Eric Burdon y Ringo Starr no interactúan con el público; delegan esa tarea en quienes les administran la cuenta. Por supuesto, es grato constatar que siguen vivos cuando veinte años atrás dependíamos de las publicaciones esporádicas en la prensa local para saber dónde estaban, qué hacían y cuándo volverían a salir de gira.

 

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A cambio, la cantante Sarah Spencer agradeció mi comentario acerca del disco Angelfire (2010), que grabó al lado del guitarrista Steve Morse. También saludé a la directora de cine Deborah Voorhees, siempre recordada por la espléndida revelación corporal que ofreció en la película Friday The 13th: A New Beginning (1985). Un día de estos me animaré a escribirles al guitarrista Dave Davies (cofundador del grupo inglés The Kinks) y al luchador Tommy Dreamer (figura clave del estilo violento del wrestling estadounidense); a lo mejor se admiran de que en este pequeño rincón centroamericano –donde se hablan 21 idiomas de ascendencia maya, el xinka, el español y el garífuna– haya quien los siga y los admire.

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