En el blog de historias urbanas participa José Vicente Solórzano Aguilar y República lo publicará los domingos

Mi amigo naturópata se mudó a finales del año pasado a Lo de Coy, Mixco, aldea natal de su esposa. Ahí compraron su terreno y están construyendo la casa donde habitarán, eso esperan, hasta el fin de sus días. Me contó la semana pasada que ya empezaron a fundir el techo y a colocar los balcones que resguardarán las ventanas. También me comentó que en una abarrotería que acaban de abrir justo enfrente se la pasan todos los días, de ocho de la mañana a cinco de la tarde, animando las ventas con el equipo de sonido a todo volumen.

 

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Mi amigo naturópata también escribe poesía. La inspiración la recibe a rachas, en el momento menos esperado; puede ser cuando acaba de acostarse o se esté bañando, por lo que siempre tiene papel y lápiz a la mano para apuntarlas. Ya le sucedió que perdió varias ideas debido a que el exceso de bajos retumba por todo la casa, como si demolieran un edificio en la vecindad. Aunque busque el rincón más alejado, cerca de donde instalarán el gallinero, el huerto de hierbas medicinales y el criadero de conejos, el enemigo rumor lo persigue fijo, “sin tregua, a toda hora”, como escribió José Batres Montúfar.

 

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También ocupa las tardes en dar clases de inglés a varios muchachos de la comunidad. “Vos, hay ratos que no se pueden concentrar por la bulla”, me comentó. “¿Y ya fuiste a reclamarles, a decirles algo?”, le pregunté, sabiendo que mi amigo tiene su carácter. Lo hizo, encaró a los empleados, pero siguen igual de necios. “¿Y la municipalidad, el alcalde auxiliar?”. Bien gracias.

 

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Temo que dentro de pocos días estaré en la misma situación que mi amigo. No enfrente, pero sí a dos casas de distancia, hay un local en alquiler. Fue propiedad de una familia de cerrajeros hasta que el dueño murió y los hijos agarraron camino a otra parte. En lo que va del año fue ocupada por una panadería y una venta de ropa usada. Los dependientes, acaso para entretenerse –no se generaba mucha venta, siempre los veía sentados en la banqueta–, se la pasaban el día entero con sus bocinas en dirección a la calle. Los panaderos esperaban la segunda venida de Jesucristo; los vendedores de ropa tenían afición por las vidas de pandilleros y narcotraficantes. No es agradable pasar el día entero oyendo explosiones de júbilo por el cercano fin del mundo, esas trompetas disparadas cual ráfagas de fusiles de alta repetición, o las promesas de tener sexo la noche entera con la madre, las hermanas y las hijas.

 

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Mi amigo me citó un reportaje de la prensa inglesa acerca del uso del ruido como medio para alejar a jóvenes vagabundos de exclusivos centros comerciales; también me acordé que el ejército de Estados Unidos acudió al heavy metal más pesado para espantar a los soldados iraquíes (durante la Guerra del Golfo) y a los talibanes (cuando la invasión a Afganistán). A veces me pregunto si los encargados de negocios forman parte de alguna conspiración destinada a desterrar a la gente de los lugares donde ha vivido toda su vida y obligarlas a amontonarse en esos guetos, colonias residenciales les dicen, construidas al pie de los cerros, cerca de los barrancos o en lugares que alguna vez tuvieron bosque.

 

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Ahora tengo motivos para preocuparme. Salí a la tienda a comprar baterías para la radio –acaban de avisar que habrá corte de luz todo el día– y vi que ya están pintando el local en alquiler. Seguro que el mobiliario incluirá el inevitable par de bocinas. A sufrir el asedio de nuevo.

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