Por Luis Fernando Gil

Una figura de concreto, que resulta ser la copia de la estela No. 14 del sitio arqueológico de Ceibal, se yergue sobre la fría loza que cubre la tumba de Miguel Ángel Asturias en el cementerio Pere Lachaise de la ciudad de París, Francia.

A más de nueve mil kilómetros de distancia, océano Atlántico de por medio, algunos se esfuerzan por realizar algún tipo de homenaje al más universal de los escritores guatemaltecos, quien se encargó de poner en el imaginario mundial las leyendas y cosmovisión heredadas de los antiguos habitantes de nuestro país.

Y es que el próximo 10 de diciembre se cumplirán 50 años desde que el hombre nacido en el antiguo barrio de San José de la capital guatemalteca recibió el Premio Nobel de Literatura, considerado como la máxima distinción que recibe un selecto grupo de personas que ha dedicado su vida a las letras. Todo un acontecimiento para un país con altísimos niveles de analfabetismo, aún hoy en pleno siglo 21.

Sin embargo, tal como ocurrió en esta tierra de los Hombres de Maíz cuando Asturias ya era un chapín reconocido a nivel mundial, su figura y su memoria permanecen en el oscuro rincón de lo que la difusión de la cultura representa para la mayoría de habitantes de este país.

Entre las escasas actividades organizadas durante este año para conmemorar ese acontecimiento tan importante en nuestra historia sobresale la dedicación de la XIV Feria Internacional del Libro en Guatemala al Mundo de Miguel Ángel Asturias y la lectura continuada de algunos de sus textos en el Centro Cultural de España. Luego, una exposición de documentos relacionados a su vida en el lobby del Centro Cultural que lleva el nombre del Gran Moyas, donde también se le dedicó en abril el Día del Libro; presentación de la obra El Señor Presidente a cargo del Ballet Moderno y Folklórico en el Festival de Junio, y un concierto-conversatorio que se lleva a cabo cada tercer jueves del mes en Caravasar. Y ahí podemos dejar de contar.

Francisco Alvizúrez Palma acota en su Itinerario de Asturias que el Gran Lengua vivió en el exilio desde 1954 y volvió a su patria en escasas oportunidades, una de ellas mediante un permiso concedido en 1959 por el entonces gobernante Miguel Ydígoras Fuentes. Llevó a cabo su labor diplomática hasta 1970 y cuatro años después falleció en Madrid, España, donde se encontraba dictando conferencias. Vivió y murió desconocido para muchos.
Para Alvizúrez Palma, “aún hoy, la obra de Asturias espera el homenaje nacional que merece”. Sin embargo, aún estamos a tiempo para destacar su legado, especialmente entre los niños y jóvenes, muchos de los cuales visitarán el recinto de la Filgua, instalada en el Forum Majadas del 13 al 23 de julio, ávidos de encontrar aquellos textos que los harán volar por las alturas de la fantasía de la mano de personajes como Cara de Ángel, El Pelele, Gaspar Ilom, El Cadejo, La Tatuana y El Sombrerón.

 

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