Cerca de 800,000 personas se suicidan cada año, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Hace casi dos meses (el pasado 18 de mayo) luego de dar un concierto en la ciudad de Detroit, Michigan, Chris Cornell se ató una soga al cuello y se suicidó. El exitoso cantante de Soundgarden y Audioslave se había quitado la vida, un suceso que para los aficionados del buen grunge era inexplicable. Al conocerse la noticia, todos quisimos encontrar una explicación.

Cuando escucho una noticia de un suicidio, la primera pregunta que me hago es quizás la más común de todas: ¿por qué lo hizo? Y luego, como sé que lo más probable será que jamás obtenga una respuesta clara, pienso inmediatamente en la vida de aquella persona. Recuerdo cuando escuché la noticia del suicidio de Robin Williams, en agosto de 2014. Fue el claro ejemplo de cómo tras una máscara se oculta el verdadero payaso, que quizás no sea tan gracioso. Chris Cornell parecía tenerlo todo, pero claramente, detrás de los escenarios había algo que le faltaba. ¿Familia, amigos comunicación, sueños frustrados?

Recuerdo un caso específico que me tocó cubrir cuando me asignaron “Nota Roja” en uno de los medios más conocidos del país. Acompañé al reportero a cubrir un caso de suicidio en la Aldea Villalobos, por uno de los rincones más miserables del país (en cuanto a infraestructura, violencia y condiciones de vida). Por supuesto, no vi el cuerpo, pero si a la que pensamos que era tía del fallecido. Lloraba y le preguntaba al suelo con las manos en la cara: “¿por qué lo hizo?”. Aunque no supiéramos la respuesta, su sobrino formaba parte de otra estadística de la OMS que indica que el 78% de todos los suicidios se producen en países de ingresos bajos y medianos, como esas áreas de Guatemala. Ese incidente, que duró pocos minutos, me dejó una profunda lección para analizar las situaciones de la vida: el suicidio no discrimina. Toca la puerta de uno de los actores más famosos y de un pobre muchacho en la Villalobos.

Pero lo importante es aprender a no juzgar. Desde un ganador del Oscar o un vocalista que revolucionó un género musical hasta un pobre joven de la aldea Villalobos, juzgar sus últimas acciones no nos compete. Jamás conoceremos con exactitud lo que está sucediendo en la vida de los demás y es por esa razón que tenemos que dejar de juzgar tanto y escuchar más.

Hay quienes toman decisiones fatales y extremas como el suicidio, que es la segunda causa principal de muerte en el grupo etario de 15 a 29 años. Pero también están aquellos que la están pasando mal, por cualquier razón, y necesitan desahogarse sin ser juzgados. Es increíble la cantidad de personas que podemos salvar de cometer algún acto de este tipo (o de tomar malas decisiones de vida) solamente con escucharlas y dar consejo. El ser humano es, por naturaleza, social y necesita comunicar lo que siente, piensa y cree. ¿Por qué negarle a alguien esa posibilidad? Hay que mantener los ojos abiertos y el corazón blando. Y si nosotros somos los que estamos en una situación difícil, pedir ayuda debe ser la primera cosa que hagamos.

Lo más importante es no olvidar que siempre, siempre, siempre hay una solución. En esta vida todo pasa, hasta los peores momentos.

 

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