En el blog de historias urbanas participa Lucy Ruíz y República lo publicará los domingos.

Pasamos tanto tiempo el bus sin moverse, que Diego Rivera pudría habernos retratado. Éramos un mural móvil y el marco era la camioneta en la que íbamos.

Entre tanto tiempo perdido y, por fortuna, con el silencio que puede haber dentro de un bus que no quiere ser disco móvil, esta es una lista de reflexiones a las que llegué. Todas son producto de un viernes por la noche; un viernes de pago de Bono 14 -Para los que lo recibieron, no como yo-

 

¿Cuál es la diferencia entre un líder y un jefe?

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El líder inspira, el jefe obliga. Parece simple, pero no lo es. En nuestros sistemas laborales solemos reproducir el autoritarismo con el que fuimos creados. El padre dominante y el maestro impositivo siguen presentes en el jefe que determina las acciones de su equipo con el clásico “se hace porque yo lo digo”.

 

¿Por qué ya no funciona?

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Ese modelo vertical, radical y autoritario se fundamentaba en el supuesto de que el jefe era quien más sabía, dominaba todas las acciones y enseñaba, muchas veces a fuerza de represión. Sin embargo, en el mundo de hoy, en el que los jóvenes superan a las generaciones anteriores en cuestiones tecnológicas, y en muchos casos, incluso poseen más grados académicos, conducir un equipo requiere de otro tipo de habilidades.

 

Conocer, reforzar y aprovechar

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Un verdadero líder se interesa en el desarrollo de los miembros de su equipo. En principio busca conocerlos, tanto en sus aspectos positivos, como en sus fallos. Está consciente de que son seres humanos y está dispuesto a reforzar sus debilidades, y a aprovechar sus talentos y esfuerzos.

Entiende que cada uno tiene diferente tipo de inteligencia y saca provecho (sin explotar ni abusar) de las potencialidades.

Inyectar la mística

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Hacer las cosas sin querer es el camino más directo al fracaso. Así que al momento de emprender proyectos e incluso aceptar un empleo, quien lo hace debería estar convencido de que su trabajo le reportará algún tipo de compensación, no solo económica, sino también para su desarrollo personal.

Los verdaderos líderes viven con entusiasmo y mística. Ven su trabajo como el cumplimiento de una misión y se sienten realizados. Esas ganas de hacer cosas con un objetivo que va más allá de la simple consecución de metas económicas se contagian al equipo.

 

Establecer rutas de acción

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El primer paso para llegar a una meta es conocer el destino hacia donde te diriges. Es necesario que todos los miembros del equipo conozcan la dirección hacia la que sus pasos los llevarán. Luego, la ruta que se tomará para poder llegar. En ese sentido, se deben establecer procedimientos, tomando en cuenta los recursos con los que se cuenta, el tipo de habilidades que cada uno puede aportar y trazando estrategias alternas por si algo no sale como se espera.

 

Evaluar sin juzgar

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En un ambiente de libertad, en el que todos buscan una misma meta, será más fácil prevenir, detectar y corregir errores. Los fallos humanos deben verse como oportunidades para aprender. No significa que se deben dejar pasar, sino más bien, que se deben evidenciar, pero sin humillar a quien los comete. Intentar establecer maneras de evitarlos y darle solución a las consecuencias que estos hayan tenido.

 

Cuestión de trascendencia

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¿Por qué convertir en tortura lo que debe producir realización? Esa debería ser la pregunta que debemos hacernos respecto al trabajo. Sobre todo, en un sistema que nos exige, cada vez más, dedicarle a las labores más de las ocho horas convencionales.

En los años 90 se hablaba de un concepto que debería de haberse mantenido y era el de ser “facilitador” en vez de jefe. No se trata de ser esclavo de los demás, sino más bien, de hacer de los procesos una ruta hacia el bien común. Un empleado motivado puede ser el mejor aliado.

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