En el blog de historias urbanas participa José Vicente Solórzano Aguilar y República lo publicará los domingos

 

Neighbours

Have I got neighbours?

Ringing my doorbells

All day and all night

Mick Jagger/Keith Richards, “Neighbours”

 

Antes, los vecinos vivían en la misma cuadra desde siempre. Conocieron a tus papás cuando iban a comprarles dulces a la tienda. De padrinos de bautizo llegaban a convertirse en suegros conforme estrechaban la amistad. Los ancianos contemplaban la vida que fluía desde la calle, sentados frente a la puerta de sus casas, sin temor a que nadie pasara sin saludarlos y les faltara el respeto. Las travesuras de los muchachos se limitaban a pasar sonando los timbres, rayar las paredes con yeso y algún que otro pelotazo que pegaba fuerte en la pared cuando se ponían a jugar futbol por la tarde. Si una ventana se quebraba, toda la palomilla huía en veloz estampida.

Eso sí, nunca faltaba el inconsciente e insensato que envenenara a todos los gatos de la manzana bajo el pretexto de que le arruinaban las láminas en su incesante ir y caminar (luego se quejaba que los ratones abundaban por todos lados). Tampoco la señora que se pasaba de finita y aristrócrata, juzgando a los demás sin fijarse en la tremenda viga que le colgaba de los ojos.

Sin embargo, toda edad de oro se deprecia. De un día para otro nos enterábamos de la enfermedad y muerte de uno de los señores grandes, de la partida de una familia a otra colonia, del cierre de la tienda de la esquina, del abandono en que quedaba la casa de enfrente al quedar intestada y no ponerse de acuerdo los herederos. Los espacios vacíos eran ocupados por la era del cuchillo sujetado entre los dientes, las miradas del recién llegado que no conoce a nadie y la insolencia. Llegaron los nuevos vecinos.

 

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Ladies, have I got crazies?

Scheming young babies

No piece and no quiet

Mick Jagger & Keith Richards

 

Muchos vecinos carecen de arraigo. Así como se instalaron de un día para otro, a las tres semanas o al año meten sus muebles en un picop y agarran camino para otro lado. Les caracteriza el sobrepeso, la fealdad y la abundancia de niños; nunca falta el equipo de sonido dotado de suficiente poder para que suene en tres cuadras a la redonda; cualquiera diría que tienen suficiente dinero para pagar la cuenta de electricidad que les ha de salir abultada por tanta fiesta. Otros suelen comportarse como los invasores recién instalados en la ciudad que sitiaron durante meses. Tras el saqueo reglamentario de tres días, se pasean contemplando a los supervivientes que han vivido durante dos o tres generaciones cómo si imaginaran cuánto rendirían en el mercado de esclavos. Calculan el valor de las propiedades, echan el ojo a las hijas de las familias venidas a menos. Sutiles o descarados, según el caso, plantean esas ofertas que la necesidad económica no puede rechazar. Si el negocio prospera, en pocos días vemos el éxodo de los originales y la instalación de los reemplazos. Poco a poco se van apoderando de la cuadra en ese proceso de gentrificación al revés que agobia a la periferia capitalina.

 

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Is it any wonder

Is it any wonder

Is it any wonder

That we fuss and fight

Mick Jagger / Keith Richards

 

Como los galos de Astérix, aunque sin poción mágica, los de siempre resisten en sus casas. Porque no tienen a dónde ir, porque ese es su lugar, porque nadie los sacará de ahí excepto al cementerio. Custodian el idioma, las costumbres y los hábitos dejados por sus mayores. Dan los buenos días al despertarse y dicen “jesús” si alguien estornuda. Nada de “haceme el paro”, “vivo te quiero” y cosas por el estilo. Ya no ven tan seguido a los niños de sus conocidos, ahora se crían lejos, pero si los tienen cerca procuran transmitirles ese legado. De extinguirse, como dicen en el Caribe, nos habremos ido al carajo. Y la verdad no me gustaría conocerlo.

 

 

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