Por Rudy Pérez 

Aves que, aunque denoten símbolo de libertad, en los escenarios oceánicos de muchas partes de nuestro planeta, son excelentes para la caza y la pesca. Debe decirse que son extremadamente peligrosas con sus espacios territoriales.

Alguien en un momento de inspiración, hizo una analogía un poco extraña con la correccional de “menores” de mi querida Guatemala. No sé cómo el inventor comparó el plumaje blanco -que de hecho por puro espejismo visual las vemos blancas, aunque generalmente su color es gris- con pieles tapizadas de tatuajes en tributo a la muerte. Puede ser que éste haya copiado algún apunte de libreto de Alfred Hitchcock. Creo que mejor hubiera sido inspirarse en los alcatraces un poco extintos en la actualidad. Y es que el alcatraz es un ave que parece kamikaze (persona que se juega la vida realizando una acción temeraria), cuando realiza la pesca para su alimentación. Su vuelo es directo y parecería que apunta directo al corazón del mar y al alma de sus presas. En lo alto, en acantilados hostiles y con una visión privilegiada se lanza en picada para conseguir sus objetivos.

Así, en nuestra querida capital, hace algunos días presenciamos encima de unos techos a muchos kamikazes de la sociedad, desafiando no solamente a guardianes del orden, si no, a todo un pueblo sumido entre el miedo y el odio diseminado en colonias y barrios.
Este es el escenario real de los acantilados formados por el resentimiento y la venganza. En Guatemala las gaviotas se convirtieron en alcatraces. Están y seguirán en el aire de las calles. Sus picos están sedientos de sangre. Sus ojos lanzan la mirada buscando en la pobreza sus raíces. Pero esas raíces siempre están ausentes, o, en todo caso acompañadas de una botella de licor o un puro de marihuana. Los hogares de todos esos alcatraces están llenos de indiferencia. Las gaviotas María y José, siguen un orden “natural”: una se prostituye y el otro se droga. O en el peor de los casos, los dos con ambos estigmas.

Cierto día le pregunté a un indigente del porqué inhalaba thiner. Me contestó que era el mejor método para quitar el hambre. No le pude recriminar lo que hacía. Salvo que su esposa -también indigente- tenía en un nido de pajaritos a un bebé recién nacido. En uno de esos árboles del parque central que mucho guatemalteco en sus prisas diarias, con todo y la sombra que brindan, atraviesan con una frecuente indiferencia.

Hablando de analogías recuerdo que el mismo Alfred Hischcock en la famosa película “Los Pajaros”, deja para el final un panorama desolador y dominado por estas aves, que llegan para quedarse, arrasando con toda vida humana. ¿será que ya estamos heredando una tierra a nuestros hijos, sencillamente vacía o llena de espinas?…

No cabe duda que alguien dijo que “un hijo sin padre es como una casa sin techo”.
Dios no es cruel, es práctico. Dentro del don del libre albedrío que al ser humano le fue concedido, ha dejado que los sistemas en Guatemala sigan su curso. En materia de Derecho, por ejemplo, El siempre tendrá la última palabra.
La pregunta será: ¿A quién juzgar?…
Yo, confieso que, como algunos guatemaltecos, no todos, aclaro, comencé a imitar a mi mascota. Me he dado a la tarea de orinar en cada esquina de mi casa -no literalmente por supuesto, por higiene y educación- para marcar el territorio de mi familia. Porque si las cosas siguen igual, mi problema es grave. No me cuidaré de los alcatraces, si no de sus crías. Y ¡ojo! Porque estas aves se reproducen rápido….

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo