El viejo lema de la revolución Belga sigue tan vigente hoy como entonces. Creo que si no se necesita ser un neurocirujano para aferrar el concepto, ¿porqué cuesta tanto aplicarlo dónde es más importante? Pareciera cuesta arriba el que quienes ostentan los poderes económicos y/o políticos logren anteponer el bien del país al propio, comprendiendo que si el país es estable sus empresas también lo serán. Teniendo visión de país, a largo plazo, y no la tradicional miopía. Si los padres fundadores de las grandes democracias hubieran antepuesto sus empresas y ambiciones personales al bien común, no hubieran establecido los cimientos sobre los cuales continúa edificadas esas naciones. Y evidentemente, no se hubieran dado tampoco las grandes fortunas que se lograron gracias a bases legales sólidas que permitieron el desarrollo de elementos generadores de riqueza, como ferrocarriles, al igual que hoy día lo representan por ejemplo, las hidroeléctricas.

Cuando pensamos en la crisis política que vivimos, en un sistema que dista mucho de ser verdaderamente Republicano, en la falta de liderazgo real, de partidos serios basados en conceptos y no en caudillos, nos damos cuenta que la percepción generalizada de los partidos políticos, de la política misma y de los personajes que militan en política es patética. El medio es visto como sucio, un sistema corrupto plagado de gente obscura que sólo pretende enriquecerse fácilmente robando, dónde pocos se salvan. Este tema lo han tratado muchos hasta la saciedad, pero me permito traerlo nuevamente a la mesa ante los últimos acontecimientos con el Tribunal Supremo Electoral y la UNE, porque urge que se imponga algún tipo de orden con lógica, y sobre todo, poniendo el bien de Guatemala por encima del individual.

Creo que los guatemaltecos que hemos tenido el privilegio de alimentar nuestra materia gris en algún grado, coincidiremos en que todos deseamos vivir en una nación que nos de libertad, respeto a las garantías individuales del ciudadano, dónde impere la Ley con certeza jurídica, que proteja la propiedad privada, el derecho a la educación y a la salud, y en la que podamos producir y crear lo que nuestras mentes y capacidades nos permitan. Diferiremos en como alcanzar cada uno de esos objetivos, pero es en ese punto dónde debemos entrar finalmente al siglo XXI y dialogar, analizar, discernir y encontrar soluciones, como gente civilizada.

Es ahí dónde los partidos políticos debieran entrar a jugar un papel fundamental, presentando plataformas basadas en ideas, en conceptos aplicables a nuestra realidad, y no nada más girando en torno a una figura política (caudillismo) que dicte “a dedo” lo que el partido hace, quien lo representa y decide antojadizamente todo. Tristemente, copiamos tantas cosas, pero no imitamos lo bueno. En lo personal, no pertenezco a ningún partido político ni me interesa militar en política, pero me encantaría ver un partido en el que finalmente hayan primarias para elegir candidatos a alcaldes con todo y planillas, primarias para elegir candidatos al Congreso en forma nominal, y primarias para elegir candidatos a la Presidencia. Ese sería un partido verdaderamente representativo y democrático, que realmente reflejaría el sentir del pueblo al que representa, sea a nivel municipal, departamental o nacional. Quizás en un partido así, guatemaltecos probos decidirían participar en mayor número, sin temor a ensuciar su nombre. Pero eso sería en un mundo ideal, que quienes manejan la política no nos permitirán quizás jamás.

Ahora bien, en el esquema en que vivimos, con el temor que tienen los funcionarios de firmar documentos, tomar decisiones y ejecutar obras, se necesitará mucho más que un cambio profundo a la estructura partidista del país, a la Ley Electoral y de Partidos Políticos. Se necesitará ver resultados de las purgas que estamos presenciando, que sean a prueba de todo, que se persiga a quienes han faltado a la Ley ecuánimemente, antes de que logremos tener una mejor opción por la cual votar. Para subirle la temperatura al tema, faltan dos años para que estemos en campaña, y seguimos sin partidos decentes y sin opciones políticas que valgan la pena. Por lo que se vislumbra, todo será a ultima hora, improvisado como siempre, o con “los mismos” cuando lleguen las próximas elecciones.

Y no hemos entrado al tema del financiamiento de partidos. Algunos quisieran que los partidos fueran financiados con montos iguales por el Estado. Un país como el nuestro, con tantas otras prioridades, francamente, no está para tirar la plata en afiches y anuncios publicitarios. Los ciudadanos debieran ser libres de donar al partido de su elección, siendo de conocimiento público, hasta un techo máximo que debiera ser establecido por la Ley con algo de lógica. De esa manera, al igual que en los Estados Unidos, nuestro modelo para tanta cosa, se limitaría la posibilidad de abusar de las donaciones y de la influencia que las mismas implican.

Tema complejo que no parece avanzar en nuestra Guatemala, y cuyos cambios son magros, cuando no mediocres, obtusos o inclusive, contraproducentes. Y todo en el medio de una carrera contra el tiempo. Siempre escucho gente decir “que Dios nos ayude” pero la realidad es que no lo hará si no nos ayudamos a nosotros mismos.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo