Nunca me han gustado los adjetivos en el lenguaje político, mucho menos aquellos que pretenden etiquetar a alguien o algo en un sentido u otro. Menos me gustan aquellos adjetivos que son prestados de una categoría conceptual e implantados en otra categoría muy diferente, esto con el ánimo de adornar u ocultar el verdadero sentido de las cosas: “jueces democráticos” o “repúblicas populares” son tristes ejemplos de esto, tomados de la historia política contemporánea. Sin embargo y como el título de esta columna hace alusión a una expresión que he escuchado ya en algún círculo, me apresuro a dar un comentario.

Conozco empresas que son verdaderamente progresistas. Unas que asumiendo el riesgo de un cambio de paradigma en la generación de energía han apostado por invertir en tecnologías limpias y amigables al ambiente, contribuyendo a cambiar completamente la matriz energética del país. He visto otras también que han puesto talento y creatividad para dar forma con concreto, hierro y vidrio al rostro urbano de una de las ciudades más cosmopolitas de la región. Las hay también que venciendo los obstáculos de una infraestructura dañada, la poca conectividad a los mercados, los bloqueos de grupos interesados y la falta de seguridad llevan los productos perecederos del agro desde las comunidades indígenas hasta los mercados más importantes o hasta los puntos de embarque para poner su producto en el extranjero. Las hay también que hoy invierten en el mundo, que llevan el nombre de nuestras empresas más allá de los océanos; cómo dudar que en ellas hay un ADN de progreso.

Progresistas son aquellas que han entrado al mercado de la competencia para ofrecer un dispositivo de comunicación al alcance de la mano de cualquier guatemalteco, allí donde antes no había más que formulario, paciencia, suerte y cuello para conseguir una línea en cinco años. Progresistas son lo que en su taller, aplicando su conocimiento y talento para transformar la madera en objeto útil para la vida cotidiana, vencen luego adversidades exponiendo orgullosos sus obras maestras en las exposiciones y ferias nacionales. Hay progresismo en los jóvenes talentos que hoy desarrolla servicios innovadores a partir de la tecnología. Quien puede negar que son progresistas las cooperativas que ponen sus recursos en común para exportar al mundo nuestro productos alimenticios, con un considerable valor agregado.  O qué decir de aquellas que ponen los servicios financieros al alcance de las personas en toda comunidad y hasta en días domingos.

Todas estas empresas y empresarios, agremiadas en su mayoría, no buscan que se les diga progresistas. Lo son porque son parte del progreso de mi país. No se adjudican un título ni esperan que se les asigne tal apellido en los círculos afelpados del mundo diplomático o del académico. Lo que es más, sospecharían o se sentirían incómodos de ser llamados así, porque se dedican a producir, a transformar y crear riqueza y no a otra cosa. Progreso es transformar y mejorar el entorno. Progresista, si es que cabe esta expresión separada del mismo bien hacer empresarial, es ayudar a construir futuro, a crear bienestar para el consumidor y a tomar preocupación por las personas y el entorno. Esas son las empresas progresistas de mi país, que hoy las veo trabajando cotidianamente  en cualquier  esquina de nuestras ciudades o en los lejanos campos de nuestra ruralidad.  Para ellos nuestro testimonio de reconocimiento.    

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo