En el blog de historias urbanas es de José Vicente Solórzano Aguilar.

 

A los desesperanzados

A los inconformes con su puesto

Como se sabe y se sufre a diario, Guatemala es un país-cuartel. Sigue rigiéndose bajo un sistema temperamental que avala el insulto como el mejor argumento para imponerse en una discusión, y aplaude a quien se encarama de puesto en puesto a costa de las espaldas del prójimo. Los trepadores apelan al culebreo para conservar privilegios, se portan como eficientes cortesanos y se hacen los graciosos ante todo aquel que disponga de su propia oficina con aire acondicionado, escritorio tamaño mesa de billar y vista al mejor paisaje de la ciudad. Hacen gala de su incapacidad para escuchar a los demás y si todo el mundo tiembla ante ellos es señal de que tienen autoridad. A menos que su narcisismo les ciegue, sabe que son detestados y no inspiran el menor respeto entre sus subordinados.

Todo esto se me ocurre tras el casual reencuentro con Pedro Morales, compañero mío de los básicos a quien tenía veinte años de no ver. “Yo te estaba va de hacer así”, me dijo haciendo gestos de saludo cuando me abordó a la salida del cine, “y vos ni cuenta te dabas”. Qué le voy a hacer, el despiste se me agravó con los años y soy capaz de pasar de largo ante Marilyn Monroe cuando la famosa escena del vestido levantado por el vapor que brota del alcantarillado del metro.

Total que me hizo sentarme, tomar un café y ponernos al día. Cuando la secundaria era bajito y delgado; hoy semeja un pequeño cilindro de gas. Se está quedando pelón y al paso que va tendrá cara de papel arrugado. Evadí hasta donde pude dar toda información personal; Pedro me habló de su esposa y sus tres hijos; fatiga sus días en una oficina de contabilidad. En eso me tomó como confesor, bajó la voz y me habló de su jefe.

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Me lo pintó como alguien que suele venir hecho un huracán, como si le acabaran de ofender a su mamá que está en el cielo, y arma espectáculos en la oficina por el más mínimo error. En vez de llamar al responsable a su oficina para la respectiva llamada de atención, gusta de avergonzarlo en público, alzando la voz y poniéndose colorado del enojo para mayor efecto. Hace que los demás compañeros interrumpan su trabajo, se le acerquen en rueda y lo escuchen diez, quince, veinte minutos. No permite que nadie ose interrumpirle, ni que le contradigan. Carga su propio pedestal y se instala en él para que lo contemplen a la luz del sol.

–A veces llama a uno de los muchachos minutos antes de la hora de salida –me comentó–. Se lo lleva a su oficina y se pasa hasta una hora diciéndole que mejore su rendimiento mientras le explica con gráficos y cifras que los ingresos de la empresa están bajando. ¿Y cuáles pérdidas, decime? Hace poquito acaban de contratar a dos auditores que ganan 15 mil pesos al mes por estarse sin hacer nada todos los días.

Por supuesto, ninguno puede decir nada contra el jefe. Las denuncias ante la gerencia y el departamento de recursos humanos no tuvieron éxito. Todo se quedó en promesas de que le enviarían un memorándum para que reflexionara y mejorara su comportamiento.

Mientras Pedro seguía su descripción, pensé en los casos que yo padecí y los fusioné en un solo personaje autoritario. Si hubiera sido general en la Primera Guerra Mundial, seguro se imagina que el gas mostaza era humo de colores y manda a un montón de soldados a hacerse pedazos en las trincheras. Si fuera ballenero, capaz que le ordena a toda la tripulación que baje al mar en lanchas a perseguir a Moby Dick aunque se les venga un huracán encima.

Si fuera cazador de focas, proseguí, ordena que todos sus hombres desembarquen a centenares de kilómetros del refugio más cercano a sabiendas de que está por empezar la madre de todas las nevadas. Y si hubiera sido comandante guerrillero, por cosita de nada manda a fusilar al primero que le advierta que su plan de ataque atraerá la atención del enemigo sobre el área. Con todo, y eso es lo más triste, termina con el pecho repleto de medallas, muere de viejo auxiliado por los últimos sacramentos, cuelgan su foto en lugar visible y lo citan como ejemplo a imitar en cada acto cívico.

–Te apuesto que ha de tener algún trauma –probé a consolarlo–. A ver, se me hace que le pasó algo muy feo y nunca lo ha perdonado. Puede que sus papás no le compraron el carrito Tonka que tanto quiso de niño, o que en la escuela lo metieran de cabeza dentro del inodoro donde el más gordo de la clase acababa de hacer sus necesidades. Tanto énfasis en el castigo y la humillación me da qué pensar; casi me atrevo a colgarle el cartel de sádico. ¿Y ya pensaste en cambiarte de trabajo?

La triste sonrisa de Pedro me recordó que ya no estamos para esos lujos. Le sigue gustando el rock –estuvo en el concierto de Metallica; ocupó plaza en tribuna con su hijo mayor; yo estuve en la general; coincidimos que el repertorio fue mucho mejor que la vez pasada que vinieron– y quedamos en vernos otro día. Ese día que termina por posponerse, como tantas cosas en esta vida.

Parejas a la vista