Una de mis clases favoritas de la maestría fue “Dinámica de sistemas” (mejor conocida por su nombre en inglés, System Dynamics). Tuve la suerte de aprender sobre esta disciplina en la cuna que la vio nacer y, además, de que uno de sus precursores, John Sterman, fuera mi catedrático. Hoy no puedo dejar de ver todo lo que acontece en Guatemala, sin que pase a través del prisma que me brindó este curso.

La “Dinámica de sistemas” aplica muy bien a la situación de Guatemala, porque habla sobre el modelaje de la evolución del comportamiento de sistemas complejos, los cuales existen en muchos ámbitos. Por ejemplo, en la naturaleza se podría modelar el comportamiento del crecimiento de una colonia de hormigas hasta el proceso de descongelamiento del polo norte. Los sistemas complejos se caracterizan por tener múltiples variables que interactúan entre sí, en ocasiones en forma impredecible, o por lo menos impredecible para los seres humanos, con los errores y desviaciones cognitivas que nos atañen. Simplemente no somos buenos para predecir comportamientos no lineales, aquellos dónde múltiples variables convergen o dónde existen estas cadenas retroalimentadoras, tanto externas como internas. Sin embargo, la disciplina de la “Dinámica de sistemas” permite modelar con precisión los comportamientos que el mundo real exhibe.

Se preguntarán, “¿este qué locuras está hablando? ¿qué tiene que ver todo esto con lo que pasa en Guatemala?”. Tiene todo que ver, porque lo que vivimos en el 2015 se puede entender como un shock al sistema. Debido a ese shock, el “equilibrio” del Estado cleptocrático (que considerábamos “normal”) fue alborotado, produciendo una serie tanto de acciones, como de reacciones. Claramente vemos cómo ciertos actores quisieran aprovechar esa inercia para provocar un cambio mayor, mientras que otros quisieran regresar al “equilibrio” previo y se resisten a aceptar los cambios.

En ausencia de un proceso de “Administración de Cambio” que reconozca las complejidades de lidiar con un sistema inherentemente desordenado y con altos niveles de “ruido” en las cadenas de retroalimentación, pareciera que nos vamos resbalando hacia la ingobernabilidad. Administrar el cambio requiere visión, liderazgo y confianza. Requiere también de un conocimiento del comportamiento de sistemas complejos. Pasa por construir ciertos acuerdos que catalicen la cristalización de las moléculas desordenadas, generando así un orden dentro del caos.

En la práctica, ¿a qué me refiero con administrar el cambio? Principalmente, debemos entender que no podemos pasar de una “cleptocracia total” a un “control total” de la noche a la mañana. Claro que el resultado predecible de ver tanta corrupción, es exigir ciertos cambios, como una ley de contrataciones impenetrable. Pero el sistema es tan hermético y exigente que no existen las capacidades (aunque se asumiera la buena voluntad, lo que tampoco es uniformemente cierto) para cumplir con sus lineamientos. Se debe también a una falta de capacidades dentro de las instituciones públicas, cuyo desarrollo requiere liderazgo, compromiso y tiempo. No podemos crear leyes sin cambiar patrones culturales que actualmente exhibimos (por ejemplo, cuando decimos o pensamos “robó, pero hizo obra”). El actual nivel de controles, aunque loable en su aspiración, es una grada demasiado grande e inalcanzable. Por consiguiente, produce una serie de consecuencias “inesperadas” como inoperancia, frustración, baja ejecución del gasto, entre otras.

El liderazgo para administrar un proceso de cambio de esta naturaleza no podrá ser de una sola persona o sector. Nos toca a todos pedir que los líderes de nuestro sector, gremio, partido o afiliación tiendan puentes con miras a desarrollar un verdadero pacto político, para así definir el esquema de administración del cambio que queremos y que tanto necesitamos. Recordemos que requerimos de los acuerdos para generar un orden en este caos.

www.salvadorpaiz.com
@salva_paiz

República es ajena a la opinión expresada en este artículo