“Cuando las personas se acostumbran a un trato preferencial, el tratamiento equitativo se ve como discriminación”. Thomas Sowell

Todo pasa factura en esta vida. Al dar tratos preferenciales a unos grupos para resolver alguna situación puntual, estamos perdiendo de vista los efectos en el largo plazo. Estos son, siempre y sin ninguna duda, más importantes que los de corto plazo.

Empecemos por los grupos indígenas, a quienes les tengo mucho respeto porque, sea como sea, la sociedad moderna ha ido penetrando dentro de sus comunidades, así como en las de todos. La mayoría de hombres ya no utiliza su traje tradicional y cada vez vemos menos mujeres utilizando el tradicional corte. Esta es solo una vertiente de la lucha entre la preservación de sus costumbres y forma de vida y la “invasión” de la modernidad.

A alguien se le ocurrió que había que protegerlos. O a un grupo de ellos se le ocurrió que podía luchar por eso. Sea cual sea el caso, hoy todo es discriminación. Si no tienen tierras es porque han sido discriminados y hay que regalárselas. Hasta iniciativas de ley hay al respecto. Si alguien vende productos con textiles típicos, es discriminación porque hay que protegerlos “de los abusos de los explotadores”. Si los índices de pobreza son mayores en las áreas rurales que en las urbanas, es por discriminación a los indígenas. Hay igual pobreza en áreas rurales del oriente del país, y allí no hay indígenas. Esta mayor pobreza en áreas rurales es por abandono del Estado pues no cumple con su función. Afecta a cualquiera que viva allí. Pero recibimos todo tipo de condenas internacionales por esto.

La comunidad LGBTI también sufre de discriminación. Esto es una realidad. Pero si no se les incluye en la toma de decisiones, es discriminación. Si no se dice “ellos y ellas”, es discriminación, a pesar que la Real Academia Española ya dijo que esto es una aberración en el lenguaje. Las feministas también se sienten discriminadas.

También hay discriminación económica, definida por sus promotores como aquella situación en la que alguien no puede adquirir un producto por ser muy costoso para sus capacidades económicas. ¿Qué tal? Todos, con excepción de algún jeque árabe por allí, sufriríamos de discriminación económica.

¿Y qué pasa con el ciudadano promedio, aquel que no forma parte de ninguna minoría, que nunca ha tenido privilegios de ninguna clase, así como usted y yo? Nos acusan de discriminar, a diestra y siniestra. Debemos vivir atados a la “corrección política” para no cometer un error.

No siendo esto suficiente (el tener que vivir con temor a ser acusado ante los tribunales por haber discriminado a alguien), tenemos que pagar las consecuencias con un montón de leyes que buscan eliminar la discriminación. También tenemos que financiar con nuestros impuestos a instituciones inservibles como CODISRA. Si ésta sirviera para algo, después de 20 años de existencia ya no habría discriminación.

Al final de cuentas, lo que se requiere es educación pero en valores. Los niños discriminan a los gorditos, los morenitos, los delgados, los que tienen anteojos, y las actitudes hacia ellos le llamamos ahora “bullying”. ¿Qué pasa si educamos para que haya una aceptación incondicional a toda persona que sea diferente? ¿Y dejamos de legislar para proteger a aquellos diferentes, que son las minorías, pues esto es discriminación hacia el resto de nosotros?

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo